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Una voz entre las grietas

Escrito por el 10/05/2026

Coincido con lo que comentó Borges en algunas entrevistas y conferencias: los temas universales de la literatura son limitados y siempre los mismos: el amor, la muerte, la amistad, el tiempo, el dolor, la memoria, el destino, la identidad. Ante tal afirmación, me pregunto sobre la autenticidad en cualquier obra poética, ¿qué hace “original” un poema de otro, a un poeta de otro, si al final todos escribimos sobre los mismos temas de la humanidad? En mi experiencia como un insaciable lector de poesía, los aspectos como la sonoridad o acento particular, la habilidad personal para la creación de imágenes, el manejo de los recursos y las licencias poéticas para generar metáforas, tonos, texturas, plasticidad, y de paso la creación de un universo propio, podrían ser sólo algunos de los aspectos que determinan las diferencias entre una voz poética y otra.

Pedir paz eterna para las almas caídas por la violencia a través de una serie de poemas a manera de un Réquiem, como una misa poética que busca a nivel de lo inmaterial y lo social una justicia restitutiva para los difuntos. Siguiendo la línea filosófica de Emmanuel Levinas donde el yo se descentra para acoger la alteridad, donde el encuentro con el otro cara a cara es la revelación del infinito que no puede ser totalmente conocido o dominado, pero que genera lazos humanos profundos ante el reconocimiento de la propia finitud a través de reconocerte en el rostro del otro. Podríamos decir que esto es la aorta de una serie de arterias que recorren el poemario Réquiem desde la grieta (El Quirófano ediciones, 2025) de la poeta Paula Andrea Reyes Pérez (Colombia, 1983)

En estos tiempos donde estamos transitando de una época a otra, donde los antiguos dioses están muriendo y están por venir nuevos dioses, como diría el poeta maliense Ismaël Diadié. Los poetas con sentido religioso se han ido extinguiendo, como si la religión y la poesía fueran antagónicos. Algunos poetas contemporáneos han decidido alejar sus versos de sus convicciones de fe, como si fueran temas anacrónicos que alejan a las nuevas generaciones de lectores. He de reconocer que son pocos los poetas religiosos que rompen con la mera alabanza o textos que buscan más la conversión o el disfrazado convencimiento de su filosofía religiosa, a que su poesía lleve al lector al éxtasis divino, o al menos lo intente. A modo de un pararrayos celestial como diría Darío, la poeta Paula Andrea busca que su voz sean todas las voces que no pudieron exclamar su dolor: “Rezo por todas las voces, presto mi boca para que ellas hablen.” (Plegaria sin nombre, un punto de fuga, pag. 51), y a la vez ella carga con su propia grieta que atraviesa todo el poemario como su garganta: “EL POEMA ES UNA VERDAD QUE ATRAVIESA MI GARGANTA” verso que aparece en tres momentos del poemario.

El libro está dividido en dos partes; la primera está compuesta a su vez de tres partes: Shajarit, Minjá y Maariv, nombradas como las tres oraciones diarias del judaísmo. Y en la segunda parte una “Sección de plegarias para tiempos de Incertidumbre”. El talento de la voz poética por llevar el tema filosófico leviniano junto con una teología mística donde la experiencia directa, personal y experimental con Dios superando el intelectualismo y el adoctrinamiento. Imaginemos esta voz que se encuentra en la oscuridad de una grieta profunda, como si estuviera en una larga noche esperando el amanecer, en ese instante se sitúa el comienzo de este Réquiem con la oración al amanecer (Shajarit) para los desaparecidos por las guerras sucias y las dictaduras en Sudamérica, a través de un lirismo hibrido entre el versículo, la prosa poética y el verso libre, muy relacionado con los textos sagrados. Argentina (pag. 15), dedicado al poeta Juan Gelman quien perdió a sus familiares en la guerra sucia y teniendo que exiliarse por la dictadura militar en su país. Después, un par de poemas dedicados al Eternauta, obra maestra de la ciencia ficción y la primera novela gráfica argentina que sigue la historia de Juan Salvo un sobreviviente a una nieve tóxica que es el inicio de una invasión extraterrestre, obra escrita por Héctor Germán Oesterheld, que también funciona como una fuerte crítica social y política reflejando las problemáticas de su época. Oesterheld fue secuestrado y desaparecido junto con sus cuatro hijas por la última dictadura militar argentina de 1977. De este modo se muestra la relación entre estas dos obras.

Y así nos va llevando por aquellos sucesos históricos, políticos y personales, a través de casos reales donde el espíritu de la poeta se manifiesta a través de una relación ética con el Otro que fue silenciado, como una misión de vida. Hemos llegado al Minjá (oración de la tarde) momento que la poeta a preparado para contarnos de dónde surgió esa grieta en donde habita, el ἀρχή (arjé o arché) no sólo como punto de partida del poemario, sino como principio de razón ante su poesía. La contundencia de esos primeros versos como un testimonio doloroso:

«La sangre de mi hermano
se calienta
bajo el calor del sol.
Su cuerpo
esperando sepultura,
suspira…»

Este poema que a la vez es oración y un rezo en esta misa Bajo la sombra del poniente, que nos retrata de una forma tan profundamente dolorosa la pérdida personal. La imagen trágica de la sangre corriendo y el cuerpo tendido en el asfalto como Ícaro que calló cuando sus alas se derritieron en un día soleado, sólo que aquí el artífice no fue el astro rey, fue la violencia sistémica que vivía Colombia en esos años convulsionó la vida de los ciudadanos con varias masacres y desapariciones. Retomando el tema de los aspectos para analizar un poema en busca de la “autenticidad” o el estilo puro del poeta, cito: “Hay profunda diferencia entre la apasionada confesión a gritos de una experiencia y la capacidad de transmutar lo vivido en sonido e imagen de modo que vibre realmente “en” las palabras.”[1] Después este dolor se vuelve una ironía mordaz y una denuncia social a través de un par de poemas catárticos:

“… A Él le dedico este libro a Él y todos mis muertos. Yo sigo escuchando entre las profundidades de la tierra sus Plegarias cuando alguien se atreve a decir:
Somos el país más feliz del mundo y son 6402,
aunque los cuerpos floten en las aguas, pasen por el fuego y se hagan cenizas.
Aunque no exista tanta tierra para sepultar tantos muertos…”

La oscuridad anuncia su llegada Cuando la luz se desvanece, es momento de la tercera y última oración diaria: Maariv, esta se realiza para pedir por un sueño pacífico y protección por la noche. En el poemario es el cierre de la primera parte, la intención de la poeta de jugar con el concepto de la “oración diaria obligatoria” para los judíos, como un loop infinito que también es denuncia y rezo por el hermano fallecido, confesión de una búsqueda por dejar de sentirse estancada en ese instante, en ese único tiempo en la esquina de Caicedo un 13 de julio de 1994, fecha que han querido borrar de la historia de Medellín. Como tantas otras masacres que pasaron en esos años, que ahora son números y estadísticas, ahí radica la importancia como documento histórico de este poemario y su imperiosa necesidad de no destinar al olvido estas almas en pena.

En la segunda parte de este poemario la voz de la poeta toma el protagonismo para amplificar ese coro doloroso que ella puede escuchar como una nigromante. A través de un conjunto de plegarias, que no sólo funcionan como súplicas y rezos, en el terreno de la sonoridad  notamos más claramente en estos poemas su ritmo, como un canto profundo y sentido recitado con un tono lírico.

Así vamos conociendo a esos rostros que quieren borrar, como en un desfile espectral esos nombres que se quedaran grabados en la piedra que la poeta está labrando:

“Miles y millones de partículas que caen en la tierra y las arrastra el viento,
rostros que no se les dio el permiso de envejecer,
ojos que no se les concedió más la luz del día,
son sumados a la lista por encontrar,
son contados como un muerto más,
y un vivo menos.
Son seres que caminan errantes por el mundo,
la Madre Tierra los reclama,
el río los vomita.
Otros gimen cada día esperando que encuentren el camino a casa:
A su primera morada,
Al polvo de la tierra de donde salió Adán y a donde
volvemos todos.
A ustedes:
ORQUE UNA PALABRA DIBUJA SU ROSTRO BORRADO.”

¿Qué podemos hacer ante el llanto de una madre que ha perdido un hijo?, la poeta nos propone el silencio mientras la mujer llora descarnadamente, mientras las cartas y los testimonios se vuelven llagas al escribir cada palabra de estas plegarias, pidiendo la intervención divina y revelando lo oculto de estos crímenes de lesa humanidad. En esta terrible realidad la voz poética cumple su misión divina de ser el canal para que hablen los muertos o que los recordemos con amor. Mártires de todas edades son nombrados en las últimas páginas de este compendio de versos que abogan por la memoria. Y llevan a la poeta a hasta la negación del yo como parte fundamental de esta simbiosis emocional donde habla el vacío que ha dejado el dolor:

“Yo soy Nadie, y la nada corre por mis venas hasta hacerme invisible,
soy Nadie
como el rostro del desterrado
cuando se hace
viejo por la espera.
Soy Nadie,
soy aquella madre que llora sobre una foto borrosa de sus hijos destrozados.

Soy la tierra de nadie que desea escupir el desprecio de sus moradores.
Esa soy, soy todos los que no son nada, un nosotros que no encuentra lugar.”

En esta nada donde hasta las palabras se han exiliado de la boca del poeta, en este arido paisaje en que nos dejan estas plegarias, es al mismo tiempo un exorcismo de tantas sombras que con el tiempo pesan. La fe y la esperanza se manifiestan con la afirmación de nuevos horizontes:

“Filo de la esperanza eres horizontes
que con tus fibras
buscas romper con esa imagen repetitiva del mundo hecho cenizas.”

Requiem desde la grieta, se postra en la tradición poética de la literatura latinoamericana de protesta, que usa como arma la pluma y canta desde las profundidades del dolor humano el testimonio que busca reivindicación a través de la justicia. La poesía polifónica de Paula Andrea Pérez Reyes en este poemario termina por reafirmar lo que decía Quevedo en su célebre poema, que el amor persiste más allá de la muerte física, donde todos nuestros muertos “Polvo serán, mas polvo enamorado”.

[1] Pfeiffer, Johannes. La Poesía, Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Pag. 88, 1951.

Paula Andrea Pérez Reyes (Medellín - Colombia)

Poeta y Doctora en Filosofía con distinción Summa Cum Laude. Licenciada, magíster en filosofía y Abogada defensora de derechos humanos. Socia Cofundadora de la Red para el Estudio del Proceso y la Justicia. Ha sido coordinadora del Centro de Conciliación Luis Fernando Vélez Vélez de la Universidad de Antioquia. Coordinadora del Semillero de Transformación de Conflictos y Docente de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UdeA en donde dicta desde hace más de 7 años la cátedra de Literatura y Conflicto. También es docente de Posgrados, maestría y doctorado en distintas universidades de la ciudad de Medellín, México y República Dominicana.

Columna: Ágape de luces