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«El libro de los libritos» de Ulises Paniagua. UN OBSERVADOR CON CALEIDOSCOPIO

Escrito por el 23/04/2026

Texto por Rodrigo Trujillo (Escritor y Doctor en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México).

Quizá, más allá de su utilidad biológica, el culmen de la mirada sea la observación. Ser observador es una de las condiciones para escribir, es decir, para hacerlo con solvencia. Observación es lo que nos ofrece El libro de los libritos, uno de los nuevos libros del escritor mexicano Ulises Paniagua (Ciudad de México, 1976). Publicado recientemente por la Universidad Autónoma de Nuevo León, se trata de un libro ameno, de lectura ágil y con buena dosis de humor, que nos presenta historias y situaciones desconcertantes, paradójicas y divertidas. Además del entretenimiento que ofrece, el libro invita también a reflexionar sobre la literatura misma.

Sobre este último punto, lo que puede llamar la atención en primer lugar es el título El libro de los libritos, pues en él hay ya dos declaraciones que, en el fondo, resultan descriptivas. La primera se basa en el significado. En efecto, se trata de un volumen constituido por cinco unidades, cada una de las cuales es un “librito”. Éstos nos ofrecen distintas formas textuales, por ejemplo, en los libritos 1, 2 y 5 hay cuentos, algunos de ellos brevísimos, aunque otros son los textos más robustos del libro. El tercer librito consta de “ucronías”, que son textos brevísimos, cada uno en torno a un escritor, mezclando paráfrasis, cita y resumen condensado de la obra más famosa de cada autor. El cuarto librito es de “recetas literarias”, que como tales, son instrucciones y recomendaciones para poder escribir una obra literaria, o para lograr escribir como algunos escritores famosos (en ello no falta el humor).

La otra declaración es más sutil, pero no menos relevante. Se trata del uso del diminutivo “libritos”. El empleo de ese tono es un gesto y en él se prefigura una actitud, una postura hacia la literatura y, en última instancia, hacia la vida, que echa mano del humor, de la humildad y de la crítica.

Recurriendo a la metáfora (y continuando con la idea de la vista), podría decirse que el libro es un caleidoscopio, que cada relato está hecho de algunas cosas (del mundo, de la vida, de la actualidad) que se ponen dentro, y al leerlo uno se asoma para ver las formas resultantes. Etimológicamente, el nombre caleidoscopio remite a mirar cosas bellas, y aquí operan ya los tropos literarios, porque la belleza queda replanteada, cuestionada, ironizada. No es que los textos nos digan que el mundo es horrible, ni que se acabó la belleza. Ésta sigue operando, pero se trata de la belleza del pensamiento, la de la arquitectura de los textos en su diálogo con la tradición literaria, con la obra de autores específicos como Amparo Dávila, J. L. Borges, Felisberto Hernández, Stanislaw Lemm, Óscar Wilde, Julio Cortázar o J. J. Arreola; no de una belleza convencional. 

A través de las narraciones se advierte que existe un universo, una serie de preocupaciones y de temas. A modo de ejemplo, podemos mencionar el caso de los cuentos “El año del cerdo”, “Botella en casa” y “El tipo que fue letras”. En común tienen el panorama de personas agobiadas por un mundo utilitario y deshumanizado. De hecho, la deshumanización avanza hacia la literalidad, hacia la objetivización y cosificación de los individuos. En “Botella en casa” y “El tipo que fue letras”, los personajes terminan transformados, voluntariamente, en una botella y un libro, respectivamente, con tal de huir o hacerse a un lado, fuera de una realidad emocionalmente insostenible. 

“El año del cerdo” es una radiografía de la soledad, donde las personas son capaces de robarse a los muertos, con tal de tener compañía. Pero también es una radiografía de la intolerancia y el egoísmo, pues solamente un muerto resulta ser la pareja ideal, por soportable. Lo cual nos pone de frente con el problema del fracaso en las relaciones sociales. Su tono indiferente, en primera persona, naturaliza unos sucesos claramente extraños.

De este modo, varios de los textos exploran un entramado temático que pasa por la soledad, el vacío, la insatisfacción y la decepción, de las relaciones amorosas, sí, pero también de los nexos y las dinámicas sociales. Varios personajes buscan escapar de unas condiciones de existencia, de una dinámica de vida, que resulta sumamente frustrante. Incluso los textos más fantásticos introducen también una crítica social, a veces descarnada, que nos presenta una reconsideración de los conceptos de empatía y compasión, como en “La calle de las antigüedades”. E incluso plantean una crítica estructural, política, sobre las corporaciones empresariales que se apropian del espacio y los recursos comunes de las sociedades, para su explotación privada, como en el cuento “Cierta siniestra divinidad”. 

Los libros tercero y cuarto emplean formas textuales poco canónicas, haciendo valer el carácter lúdico del autor, que escapa de categorías como la seriedad y la solemnidad. En este sentido, y recuperando la metáfora inicial, las imágenes del mundo que nos presenta este libro-caleidoscopio, son heterodoxas. Y decir que El libro de los libritos es heterodoxo, es decir que se trata de un libro de algún modo disidente, porque no asume sin más los conceptos o las teorías, sino que reformula y explora sin ceñirse al canon, o a un canon. Como que lo que mueve a la heterodoxia es la disconformidad, la discrepancia respecto de dogmas y supuestos de la tradición, en la literatura esto aporta novedad, o la autenticidad de un ejercicio de la libertad, de la personalidad. 

Si la literatura es una especie de comentario que el autor hace sobre su mundo, sobre la realidad y su propio deseo, esto implica ya una dimensión política, en el sentido más amplio y profundo. Y en una época como esta, donde proliferan los dogmatismos, los radicalismos que tiran por adueñarse de nuestras libertades y derechos a ser y vivir, un gesto desacralizador como la visión caleidoscópica que nos ofrece este libro, se agradece. Porque hay pocas cosas tan peligrosas como los dogmáticos, que son el principio de los fundamentalismos. Y es sabido que éstos limitan o asfixian la creatividad, la libertad, la expresión individual derivada de la búsqueda de identidad propia. Nunca olvidemos que nombrar la opresión es el primer paso para cambiarla.