Virgencita, Madrecita, Patrona, Morenita, Tonantzin, tata Dios, papá Dios, Chuchito; estos son algunos de los sobrenombres en quien depositamos nuestra esperanza, a quien le pedimos el milagrito.
También están las Santas, los Santos Patronos y San Antonio que lo ponen de cabeza para que llegue el novio urgentemente deseado.
En las casas o en la calle te topas los altares con veladoras e imágenes, peregrinaciones, las pachangas con las ferias y sus castillotes con pirotecnia.
La fe es algo divino que se vive todos los días, es aleación de cultura, tradición, identidad y rituales, es encomendarte en los momentos más cabrones, en la pobreza, en la violencia y en la enfermedad, pero también en las buenas cuando todo sale chido y agradecer.
Se mezcla con lo cotidiano, te persignas antes de salir del cantón a chambear, pones toda la confianza en un Dios donde hay conversaciones intimas y sencillas, es una creencia unida no es un “yo creo” sino un “creemos juntos”.
El humo de los inciensos, las alabanzas que se elevan al cielo, la esperanza se comparte y se vuelve comunidad.
Los tiempos cambian y las abuelas ahora echan la bendición desde la puerta, los valores, el respeto, el perdón, la familia y el ayudar al prójimo son parte de la devoción, convicción y amor a ese algo que no se ve, pero ahí está para seguir adelante.