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Un viaje desde aquí hasta allá

Escrito por el 04/10/2026

Hace poco publiqué mi libro Poesía Eviterna y ha sido para mí un placer escuchar las distintas lecturas críticas que han hecho de mi libro, por lo que en esta ocasión y tomándome la libertad que mi columna «Ficcionalizarse en la memoria» permite, así como la apertura que Invencible Radio como tal da, les comparto lo más destacable de la reseña que escribió y compartió, durante la presentación de mi libro, el poeta y cantautor Marconio Vázquez en el Café El Guardatiempos. Y con la previa autorización de él, les invito a leer su opinión en torno a mi libro:

Un viaje desde aquí hasta allá

Escrito por Marconio Vázquez

Sube al barco herido, amigo escucha. Inicia el viaje poético. Llegaremos a un lugar que no sabemos dónde está. El puerto de salida es el dolor puro y duro. El viaje inicia donde se abrió tu piel, donde te traicionaron, donde te arrebataron el sentido de la vida. Súbete a este libro. En él sentirás el oleaje de sal y ácido. Navega en el recuerdo de remolinos y espirales de ahogo. Cada poema es un remo que se deshace. En cada página las velas se desgarran. Sentirás la emoción de la deriva.

Cualquiera de nosotros se ha embarcado en un océano incierto y sin norte. Todos hemos estado así, flotando sin control, sin saber el puerto de destino. Todos hemos sido alguna vez botella en el mar, hoja en el torbellino. Todos nos hemos sentido ahogados en vida, sin que la muerte nos recoja, heridos y silenciosos.

Todos nos hemos sentido Eviternos.

Poesía Eviterna, de Ana Bertha Bardales Sosa, es el nombre de este libro y del barco. El título es ya un poema en sí mismo. Si la eternidad es lo que no tiene principio ni fin, la eviternidad es lo que sí tiene principio, pero no tiene final. Es algo que inicia pero que no termina.

Lo más destacable de esta obra es la honestidad con la que se trata el dolor, el sufrimiento permanente, el abismo que no acaba. A veces quisiéramos tocar un fondo, chocar, encallar nuestro barco para no seguir enfermos de melancolías y llagas que no cierran.

Y, para ejemplo de ello, quiero citar un fragmento del siguiente poema:

«Ausente»

 Con las cosas que sus ojos habían visto

nació de la tierra y del mar

perseguida por la neblina

y por el sabor a sal.

 

Le nombró…

Trató de seguir sus huellas,

pero solo era ella y el silencio

                      ella y la soledad.

 

[…]

 

Llevaba su recuerdo pegado al alma.

Murió entre la tierra y el mar…

Hay una palabra que se reitera a lo largo de las páginas: “Silencio”. Y todas esas veces que aparece es un silencio no contemplativo, no de sorpresa o de epifanía, sino de sello, clausura, incomprensión, de pregunta sin respuesta. Es el silencio que se produce en todo nuestro cuerpo, de manera orgánica, cuando no comprendemos, cuando nuestro entendimiento no alcanza a explicar lo que sucede y entonces, para fortuna de algunos, solo nos queda la Poesía, la estética del miedo, de la indefinición más profunda. Tratamos de nombrar y de significar ese desgarramiento que habita nuestra alma. Y de esa llaga eviterna nace la Poesía de algunas autoras como Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni o Ana Bertha Bardales. El plasma de la angustia se percibe, más verdadero que la luz, en los versos de estas poetas.

En el caso de la autora que nos ocupa hoy, sus dolores y sus desgarros se extienden al dolor de la Tierra y del absurdo conflicto bélico que puebla el mundo.

Este libro también podría llamarse el libro de las preguntas eternas. La Poesía como cuestionamiento. Porque la pregunta retórica, erotema, es otra forma velada y fina de la denuncia. «¿Acaso los culpables somos aquellos que callamos?», pregunta la voz poética. Y el lector se queda con la respuesta flotando entre sus costillas y su corazón.

Este recorrido llega, no a un lugar, sino a un poderoso símbolo que es el poema Solferino. SOLFERINO es, desde mi punto de vista, el Arca de Noé, después de toda la barbarie moral que vive nuestra sociedad. Desde el dolor navegamos, desde nuestra propia estupidez vamos a la deriva. Solferino y Magenta son nombres de colores, y he llegado a saber que fueron los primeros tintes sintéticos que se produjeron, a mediados del siglo XIX. Sus poéticos nombres se usaron en honor a dos batallas, a dos guerras, tan cruentas, que se formó una organización civil para asistir a los heridos de guerra. De esta iniciativa se formó lo que conocemos como la Cruz Roja.

¿Será que la barbarie que vivimos actualmente acabe en sangre total? ¿Será que el sufrimiento deba ser cortado y atendido por algo fuera de nosotros? Las respuestas están en el viento.

Columna:Ficcionalizarse en la memoria.


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