
La cultura no posee color. No tiene una forma o modo especial. Es diversa, amplia, abierta. Es decir: puede ser todos los colores, o ninguno. Ya Gramsci, dentro de sus estudios, nos hacía saber que todo lo que realizamos, como humanidad, es cultura.
“Alta cultura”, “baja cultura”, ópera, cultura popular, todo ello es parte de nosotras y nosotros cada día, a cada momento. Toda obra o manufactura nacida desde nuestra sociedad es, en sí, un producto cultural. De allí podemos debatir si tal producto es artístico y por qué. Pero, a fin de cuentas, cada objeto, cada representación nacida de nuestras manos y nuestro ingenio es cultura.
La palabra arte, por ejemplo, proviene de la etimología griega ars, y significa oficio. Un artista era aquel que era bueno para crear algo. Ese algo no era necesariamente estético, podía ser sólo útil. En la Edad Media, arte y artesanía se fundían a menudo debido a la perspectiva de entonces. En las civilizaciones prehispánicas ocurría lo mismo: no había un interés de destacar como artista, tal como lo entendemos hoy, porque tal concepto no existía.
Aún podemos notar esto en las comunidades indígenas. Hay verdaderos artistas de la cerámica, de la plumería, del bordado, que la imposición eurocentrista no quiere validar por considerarlos simples artesanos. Se trata de un absurdo histórico. No se puede encajar a un círculo en un cuadrado.
La palabra cultura, por su parte, tiene una raíz etimología que significa cultivar. Proviene de cultus, aquello que es cuidado, procurado. Todas las costumbres, las vajillas de porcelana, la arquitectura, todo es sembrado y cosechado para disfrute, admiración, incluso tormento de la comunidad.

A pesar de la aparente apertura al respecto, ha habido históricamente un control de validación formativa que, de manera curiosa, ha partido siempre desde civilizaciones anglosajonas, sionistas, teutonas, hispánicas o nórdicas, que ven a la raza blanca como la única verdad cultural posible. Es todo un tema, pues Tenochtitlan no es Atenas, y Nina Simone no canta arias.
Cuatro anotaciones al respecto del retorcido y atosigante racismo socio-cultural. Una, lo ocurrido en el choque ideológico entre Angela Davis y su invitación a la UNAM. El feminismo, lo ha declarado ya Virginie Despentés en su libro “Teoría King Kong”, también margina. No es lo mismo -en palabras de ella- ser una feminista con privilegios, blanca, que una feminista blanca pero pobre. En el feminismo hay distinciones (la distinción es un tema abordado por Pierre Bordieu dentro de su obra). En la escala de un mundo vorazmente capitalista, el último escalón social sería, sin duda, una mujer joven, pobre y originaria.

Dos: recuerdo cuando una querida amiga me invitó, en Madrid, a asistir a una función de magia en un teatro-bar de El escorial. En España hay una gran tradición de comedia o stand up con una mezcla de magia. El ejecutante que nos tocó era bueno en ambas disciplinas. Sin embargo, su acto tenía un defecto terrible: su comedia se basaba, en un 80%, en chistes que aludían a los morenos como objeto de burla. Miré hacia la concurrencia. En el Escorial todas y todos suelen ser blancos. Era yo el único moreno. Fue muy incómodo, no porque a mí me guste lo políticamente correcto (de hecho, no me gusta). El problema era que, en su discurso, el mago mostraba tanto un deficiente y poco variado manejo de la comedia, como un asunto profundo que permea a la sociedad completa: esa supuesta, aunque “amigable”, supremacía.
Al final de la función el mago se disculpó conmigo. A mí no me importó el asunto, pero sí sugerí que buscara un método más ingenioso para hacer reír al público. La desacreditación corporal es menos que infantil ¿Estamos en el siglo XVII para utilizar el color como consigna de discriminación humorística? ¿Quién ha establecido que la piel blanca es superior? ¿Dónde se han comprado semejante discurso? Ha sido siempre, de manera velada, un asunto de biopolítica.
Tres: volviendo al tema del feminismo, recuerdo una lectura de mujeres realizada, hará cosa de diez años, en un café de la colonia Juárez. Organizado por rubias o castañas pertenecientes a universidades privadas, el lugar era una pasarela de blanquitud. Mujeres empoderadas, de buena situación económica, que querían dar voz a mujeres indígenas o afro. Una de las participantes lo hizo saber: “Lo que ocurre, por desgracia, es que las mujeres bien establecidas suponen que las mujeres negras u originarias sólo podemos o debemos hacer poesía de protesta, que es lo que validan, como si no tuviéramos otros temas o preocupaciones sobre los cuales escribir”.

Ello nos conduce a un cuarto y último apunte ¿Han notado -aunque esto está cambiando- cómo el mundo cultural y académico está repleto de apellidos vascos, catalanes, alemanes, ingleses, norteamericanos o hebreos? Apellidos como Flickestein”, “Ackerman”, “Krauz”, “Ibarboruru” o “Goystosola”.
Un escritor de apellidos Hernández Juárez, por ejemplo, resultaría ridículo en algunos círculos intelectuales de hace décadas. Sobre todo, en la Europa no hispana. Los conductores televisivos y los jefes de departamento académico, por su parte, son blancas o blancos casi por consigna. Las actrices y los actores también. Un actor moreno, de acuerdo al sistema cinematográfico, puede representar sólo a un proletario o un criminal ¿Qué demonios nos ocurre?
Se trata de un modelo que se reproduce una, y otra, y otra vez. Malos hábitos. Es espantoso el intento de sostener la insoportable blanquitud de la cultura. Si bien los derechos laborales, humanos y hasta políticos se han adecuado a los cambios raciales o de clase, lo cierto es que la cultura (como interesa a pocos) pareciera secuestrada por gente que se piensa elegida para ejercerla de un modo único. Si no perpetuas esas normas, esas conductas, no eres bienvenida o bienvenido, y por tanto corres el riesgo del escarnio, la denostación o la invisibilidad.
¿Debemos maquillarnos entonces, teñir el cabello, colocarnos pupilentes y gafas coquetas, dejarnos la barba o usar bufanda para corresponder a los anacrónicos estereotipos de lo que se espera de un escritor, una pintora, un cineasta? ¿Hasta dónde un artista corresponde a una imagen correcta? De allí, desde luego, el nacimiento de la contracultura en décadas recientes. Los tiempos están cambiando. Tenemos ya a algún Francisco Toledo que lo demuestra.

Aún queda un largo camino por recorrer.
¿Y tú, qué tanto has pretendido blanquear lo que entiendes por cultura? ¿Qué tanto continúas siendo parte de un modelo de reproducción simbólica encarnada desde el eurocentrismo y la imposición racial? ¿Has comenzado a despertar? Te leo y escucho. Recuerda que un Buda, ya sea hombre o mujer, es quien ha conseguido la iluminación.
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