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Selección de poemas de Marin Sorescu

Escrito por el 10/03/2026

Marin Sorescu

Poeta rumano (1936-1996)

Poemas

Debían tener un nombre

Eminescu no ha existido.

Ha existido solo un bello país

en una orilla del mar

dónde las olas hacen nudos blancos

como una despeinada barba de emperador.

Cómo algunas aguas como algunos árboles escurridizos

en los que la luna tenía su nido rotante.

Y sobre todo, han existido algunos hombres sencillos

que se llamaban Mircea el Viejo, Esteban el Grande,

o, más simple aún, pastores y labradores

quienes en torno al fuego del atardecer

gustaban recitar poesías:

Mioritza y El lucero y la Epístola III.

Mas porque siempre escuchaban a sus perros

ladrar en los apriscos,

partían a luchar contra los tártaros

y contra los ávaros y contra los hunos y contra los polacos

y contra los turcos.

En el tiempo que les quedaba libre

entre dos peligros

estos hombres hacían canales

de sus caramillos

para las lágrimas de las piedras enternecidas,

y así corrían las doinas hacia los valles

por todos los montes de Moldavia y Valaquia

y por el país de Birsa y por el país de Vrancea

y por otras comarcas rumanas.

Han existido también unos profundos bosques

y un joven que con ellos hablaba

y les preguntaba por qué se mecen sin viento.

Este joven de ojos grandes,

como nuestra historia,

iba abrumado por los pensamientos

del libro cirílico al libro de la vida,

siempre contando los álamos de la luz, de la justicia,

del amor,

que le salían invariablemente impares.

Han existido también algunos tilos

y dos enamorados

que sabían recoger todas sus flores

en un beso.

Y algunos pájaros o algunas nubes

vagando sin cesar sobre ellos

cómo amplias y movedizas llanuras.

Y porque todo esto

debía tener un nombre,

un nombre único,

se les llamó

Eminescu.

 

A lo Ícaro

Anduve pidiendo limosna entre los pájaros

y me dio cada uno

una pluma.

Una alta del águila

una roja del ave del paraíso,

una verde del colibrí,

una parlanchina del papagayo,

una temerosa del avestruz;

¡oh, cuántas alas junté!

Me las puse en el alma

y comencé a volar.

Alto vuelo del águila,

rojo vuelo del ave del paraíso,

verde vuelo del colibrí,

vuelo parlanchín del papagayo,

vuelo temeroso del avestruz;

¡oh, cuánto he volado!

 

Carro alegórico

Desfila un carro

por la calle grande de Pátzcuaro.

En el carro, largos pinos de tierra negra

y un yugo, simulando que ara.

Un niño vestido de fiesta

agarra por los cuernos el yugo inmovilizado,

su rostro tiene tantas arrugas

como el hierro clavado en el pino.

Otros niños llevan, como si fueran velas verdes,

altas cañas de maíz.

Todos vestidos de fiesta

pero no sonríen.

Ellos están en el campo, aran.

Los bueyes, con sus grandes cuernos retorcidos

pisan parsimoniosos, tranquilos, cuidadosos,

parece que supieran que llevan un símbolo.

Desde una máscara de cobre,

como el cielo,

el sol mexicano dice:

“Os bendigo, niños

de la tierra,

iguales en todas partes!

Y benditos sean vuestros ojos,

grandes y límpidos,

sagrados bueyes de carga”.

 

Hasta un punto

Hasta un punto

el sueño es regeneración.

Si sobrepasas un límite

es lo podrido.

Devuélveme el lirio,

ese que tenía en la mano

y que, en las tinieblas más profundas,

se abría,

matándome con su fuerte perfume

la muerte, la temerosa de esencias.

La muerte matándome totalmente,

el lirio,

que tenía majestuoso en la mano.

¡Devuélvemelo!

Mi sueño se extiende en pos de él

como una tercera mano.

 

Condena

Cada viajero en el tranvía

es el vivo retrato del que estuvo antes que él

en el mismo asiento.

Sea que la velocidad es demasiado grande,

sea que la tierra es demasiado pequeña.

Cada uno tiene la nuca roída

por el diario que se lee a sus espaldas.

Siento un diario en la nuca,

ojeándose y cortándome las venas

con sus bordes.

 

Los poemas son traducción del poeta chileno Omar Lara y fueron publicados en el libro «El centinela de la galaxia» publicado por la UAM.