Ha existido solo un bello país
en una orilla del mar
dónde las olas hacen nudos blancos
como una despeinada barba de emperador.
Cómo algunas aguas como algunos árboles escurridizos
en los que la luna tenía su nido rotante.
Y sobre todo, han existido algunos hombres sencillos
que se llamaban Mircea el Viejo, Esteban el Grande,
o, más simple aún, pastores y labradores
quienes en torno al fuego del atardecer
gustaban recitar poesías:
Mioritza y El lucero y la Epístola III.
Mas porque siempre escuchaban a sus perros
ladrar en los apriscos,
partían a luchar contra los tártaros
y contra los ávaros y contra los hunos y contra los polacos
y contra los turcos.
En el tiempo que les quedaba libre
entre dos peligros
estos hombres hacían canales
de sus caramillos
para las lágrimas de las piedras enternecidas,
y así corrían las doinas hacia los valles
por todos los montes de Moldavia y Valaquia
y por el país de Birsa y por el país de Vrancea
y por otras comarcas rumanas.
Han existido también unos profundos bosques
y un joven que con ellos hablaba
y les preguntaba por qué se mecen sin viento.
Este joven de ojos grandes,
como nuestra historia,
iba abrumado por los pensamientos
del libro cirílico al libro de la vida,
siempre contando los álamos de la luz, de la justicia,
del amor,
que le salían invariablemente impares.
Han existido también algunos tilos
y dos enamorados
que sabían recoger todas sus flores
en un beso.
Y algunos pájaros o algunas nubes
vagando sin cesar sobre ellos
cómo amplias y movedizas llanuras.
Y porque todo esto
debía tener un nombre,
un nombre único,
se les llamó
Eminescu.