Marin Sorescu
Poeta rumano (1936-1996)
Poemas
Eminescu no ha existido.
Ha existido solo un bello país
en una orilla del mar
dónde las olas hacen nudos blancos
como una despeinada barba de emperador.
Cómo algunas aguas como algunos árboles escurridizos
en los que la luna tenía su nido rotante.
Y sobre todo, han existido algunos hombres sencillos
que se llamaban Mircea el Viejo, Esteban el Grande,
o, más simple aún, pastores y labradores
quienes en torno al fuego del atardecer
gustaban recitar poesías:
Mioritza y El lucero y la Epístola III.
Mas porque siempre escuchaban a sus perros
ladrar en los apriscos,
partían a luchar contra los tártaros
y contra los ávaros y contra los hunos y contra los polacos
y contra los turcos.
En el tiempo que les quedaba libre
entre dos peligros
estos hombres hacían canales
de sus caramillos
para las lágrimas de las piedras enternecidas,
y así corrían las doinas hacia los valles
por todos los montes de Moldavia y Valaquia
y por el país de Birsa y por el país de Vrancea
y por otras comarcas rumanas.
Han existido también unos profundos bosques
y un joven que con ellos hablaba
y les preguntaba por qué se mecen sin viento.
Este joven de ojos grandes,
como nuestra historia,
iba abrumado por los pensamientos
del libro cirílico al libro de la vida,
siempre contando los álamos de la luz, de la justicia,
del amor,
que le salían invariablemente impares.
Han existido también algunos tilos
y dos enamorados
que sabían recoger todas sus flores
en un beso.
Y algunos pájaros o algunas nubes
vagando sin cesar sobre ellos
cómo amplias y movedizas llanuras.
Y porque todo esto
debía tener un nombre,
un nombre único,
se les llamó
Eminescu.
Anduve pidiendo limosna entre los pájaros
y me dio cada uno
una pluma.
Una alta del águila
una roja del ave del paraíso,
una verde del colibrí,
una parlanchina del papagayo,
una temerosa del avestruz;
¡oh, cuántas alas junté!
Me las puse en el alma
y comencé a volar.
Alto vuelo del águila,
rojo vuelo del ave del paraíso,
verde vuelo del colibrí,
vuelo parlanchín del papagayo,
vuelo temeroso del avestruz;
¡oh, cuánto he volado!
Desfila un carro
por la calle grande de Pátzcuaro.
En el carro, largos pinos de tierra negra
y un yugo, simulando que ara.
Un niño vestido de fiesta
agarra por los cuernos el yugo inmovilizado,
su rostro tiene tantas arrugas
como el hierro clavado en el pino.
Otros niños llevan, como si fueran velas verdes,
altas cañas de maíz.
Todos vestidos de fiesta
pero no sonríen.
Ellos están en el campo, aran.
Los bueyes, con sus grandes cuernos retorcidos
pisan parsimoniosos, tranquilos, cuidadosos,
parece que supieran que llevan un símbolo.
Desde una máscara de cobre,
como el cielo,
el sol mexicano dice:
“Os bendigo, niños
de la tierra,
iguales en todas partes!
Y benditos sean vuestros ojos,
grandes y límpidos,
sagrados bueyes de carga”.
Hasta un punto
el sueño es regeneración.
Si sobrepasas un límite
es lo podrido.
Devuélveme el lirio,
ese que tenía en la mano
y que, en las tinieblas más profundas,
se abría,
matándome con su fuerte perfume
la muerte, la temerosa de esencias.
La muerte matándome totalmente,
el lirio,
que tenía majestuoso en la mano.
¡Devuélvemelo!
Mi sueño se extiende en pos de él
como una tercera mano.
Cada viajero en el tranvía
es el vivo retrato del que estuvo antes que él
en el mismo asiento.
Sea que la velocidad es demasiado grande,
sea que la tierra es demasiado pequeña.
Cada uno tiene la nuca roída
por el diario que se lee a sus espaldas.
Siento un diario en la nuca,
ojeándose y cortándome las venas
con sus bordes.
Los poemas son traducción del poeta chileno Omar Lara y fueron publicados en el libro «El centinela de la galaxia» publicado por la UAM.