
Navegaciones por la poesía del poeta chileno Patricio Morales
Escrito por Victor Munita Fritis el 02/09/2026
“No saber traducir los estruendos del corazón
ha sido siempre el problema de los náufragos”
Patricio Morales Lizana
La embarcación editorial y la memoria del mar
Hay libros que no se leen, sino que se navegan a riesgo de naufragar en la propia memoria.
El arte de la navegación, de Patricio Morales Lizana, publicado bajo el sello AlaMira Editorial, es precisamente uno de esos. Luego de su obra Una larga herencia familiar, el autor nos entrega un documento que trasciende el poemario tradicional para convertirse en un archivo crudo del fracaso y la supervivencia.
Leído desde la óptica de la crónica y la microhistoria, el libro se estructura con la precisión de una bitácora tripartita que documenta el ciclo vital de los que insisten en hacerse a la mar: arranca con la inmersión y el hundimiento, transita por la formulación de cartografías imposibles, y desemboca en una frágil mar en calma.
En los textos que acompañan la obra, el poeta Juan Cameron nos advierte que el mar funciona aquí como una matriz del tiempo y la subsistencia, mientras que el académico Arnaldo E. Donoso señala la importancia de los blancos en la página, espacios oceánicos que inundan la lectura.

El libro entero, dedicado a Jorge Barros Jofré por «todos los años que nos hicimos a la mar», es una obra híbrida donde el ejercicio literario asume la forma de barcazas que intentan surcar la existencia.
Es un levantamiento topográfico de puertos empañados, donde los vigías jamás escucharon el llanto de las olas reventando en el rostro de los marinos.
Los residuos como testimonios en la costa
Sumergirse en los versos de Morales Lizana es equivalente a examinar los restos de un naufragio esparcidos en la costa. Sus poemas operan como crónicas documentales donde la voz muta entre el navegante, el náufrago y el poeta. En la primera sección, la derrota es palpable y física:
«el mar nos astilló hasta la última costilla».
Aparecen aquí espectros que dialogan con el presente, como la notable figura de Pablo, un marino «triste y enamorado» con antepasados irlandeses, de quien se dice «naufragó más que muchos que alardeaban haber sido náufragos».
Posteriormente, en la sección de «Cartografías«, el autor intenta medir lo inabarcable, trazando distancias exactas entre Oradea y Brasov, o entre Cuernavaca y Chépica, para graficar el absurdo de un viaje donde la brújula está rota. El acto de zarpar exige cortar amarras, abandonar la tierra y enfrentar la terrible angustia de «jamás llegar a puerto«.

Al cierre, en «La mar en calma», la épica de altamar se rinde ante la quietud de la domesticidad. La casa familiar se transmuta en un frágil «barquito de papel» que sobrevive anclado en el patio cada invierno. Es la figura de María la que ancla al navegante a la realidad, tolerando el insomnio y la aspereza de los días. El triunfo de estos poemas reside en su capacidad para convencernos de que la verdadera travesía no está en los grandes océanos, sino en el acto cotidiano y heroico de sobrevivir al hundimiento personal.
Tres poemas rescatados
En mi oficio de rastrear las memorias fragmentadas, entiendo que la poesía documental se sostiene en sus pruebas, si bien esta no lo es, pero utiliza elementos del registro que me parecen propios de este estilo y necesarios de destacar. De este levantamiento de altamar, extraigo tres piezas que operan como coordenadas precisas dentro de la obra El registro cronológico del desastre (Poema V) Este texto tiene la precisión de un archivo histórico. Al fijar una fecha exacta, el naufragio deja de ser una metáfora abstracta y se convierte en un evento palpable, situado en el espacio y tiempo de la tragedia humana:
V
Esa noche cayó la primera lluvia del invierno.
Por aquel entonces, hubo un eclipse
(2 de julio del año 2019)
la luna entró en el sol
desperdigados gaviotas y albatros
volaron estas playas sin rumbo.
Fue el 2 de julio del año 2019.
Todos nos fuimos a negro
no pudimos reconocernos
entre tanta algarabía.
Todos nos fuimos a negro
no hubo fuego que iluminara
ni abrigara.
La microhistoria del héroe despojado (Tercer Náufrago) Aquí presenciamos el ejercicio impecable de desarmar la historia oficial. La voz humaniza el bronce de la epopeya naval chilena, revelando al prócer detrás del mito, aterrado y nostálgico de su territorio de origen:
TERCER NÁUFRAGO
Desde un muelle inconcluso en una playa sin nombre
escucho el susurro de las aves que sobrevuelan Iquique.
No graznan como de costumbre
ni siguen la trayectoria de vuelo
como en Valparaíso.
Algo extraño sucede con el oleaje.
Será que mi cuerpo ya está viejo.
¿Habrá llegado el tiempo de jubilarte, Arturo?
Tallo la palabra Ninhue
en estas maderas que me sostienen
y recuerdo mis días de niño
corriendo por los corredores
de aquella casa donde me parieron
saltando acequias y persiguiendo lagartijas
escondidas entre adobes y tejas,
vuelvo a sentir en mis manos el lamido de los perros
y el aroma de las buganvilias
donde besé por primera vez a una mujer.
En qué hacendosa labor
estará usted hoy, Carmela mía,
por qué no viene a buscarme,
tengo un miedo acorazado y la boca como natre,
las piernas me tiritan
y no quiero que mis oficiales me vean llorar.
La resistencia en la planicie (Fragmento del Poema III, La mar en calma) El contraste final, donde la supervivencia se aleja del mar abierto para anclarse en la crudeza de la cotidianidad. Es la hibridación de la épica marítima con la arquitectura de la vida familiar:
III
Nuestra casa es la barca que nunca imaginamos
es sencilla y misericordiosa
como los membrillos de cuelgan
de aquel árbol olvidado en el patio
que nadie recoge en ninguna temporada.
Nuestra casa es un barquito de papel
que flota anclado cada invierno,
sobre sus techos llueve con esmero
mientras miramos escurrir el agua
pintándonos las caras
con las antiguas cenizas de la salamandra.
Y nos abrazamos con los brazos
para que las olas frías no nos asusten
para que las olas frías
no nos espanten el consuelo del vientre
con su golpetear en las paredes de la barca.
Nuestra casa es el barquito de papel que nunca imaginamos
se podría igualar a las más pintorescas de cualquier puerto
dos o tres tablas claveteadas una sobre la otra,
planchas de zinc por aquí o por allá,
los colores en altura y las ventanas con algún vidrio roto
para dejar entrar botellas con mensajes arrojadas desde otras tierras.

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