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Los extraterrestres: esa verdadera vida inteligente

Escrito por el 09/07/2026

Hace días corrí al cine junto con una amiga, para mirar la nueva película de Steven Spielberg: “El día de la revelación”. Me decepcionó un poco. Tiene momentos magníficos pero, con franqueza, aunque la intención de la película es buena, (caso extraño en Spielberg), la cinta tiene errores de continuidad, algunos personajes en ella son poco entrañables, y exhibe además una trama repetitiva. Más allá de la crítica cinematográfica (Spielberg siempre será un genio), despertó mi inquietud una pregunta de la amiga que me acompañó: ¿por qué en las películas o videos los extraterrestres aparecen todo el tiempo como figuras humanoides, de cabezas grandes, ojos extraños, y manos huesudas y torpes?

El cuestionamiento que nació en esa sala de cine me llevó a plantear una segunda pregunta, que considero de interés: ¿han notado que los extraterrestres, dentro de la literatura y el cine poseen una tecnología suprema, pero pocas veces suelen ser verdaderamente inteligentes? Hay una gran contradicción entre fondo y forma en la representación del extraterrestre, y al parecer dentro de las distintas manifestaciones artísticas sobre él. Una tecnología de tales dimensiones sólo puede provenir de seres de grandes proporciones mentales; por el contrario, al extraterrestre se le representa como un bárbaro montado en la más avanzada nave espacial.

Por otra parte ¿Por qué los alienígenas deberían ser humanoides? ¿No es el universo tan vasto, prolífico y múltiple, que resulta insensato pensar en la misma construcción animal en mundos tan lejanos? La mayoría de estos seres, en las películas, son lentos, como E.T. (1982) o el ser anciano que aparece en “El día de la revelación” (2026). Además, resultan francamente torpes; y cuando no lo son, se muestran veloces pero amenazantes. Basta recordar, para este fin, a la célebre criatura “Alien” de Ridley Scott, de 1979 -por cierto, diseñada por el gran artista visual H.R. Giger-. Este monstruo, aterrador en esencia, sí era distinto al estereotipo mostrado durante años por la sociedad. Era de una estética dark y de una multiplicidad orgánica fascinante. Pero, era salvaje; inteligente e intuitivo para la caza, y carente de otras capacidades. Una bestia; no una forma evolucionada.

Algo similar ocurre con el “Depredador”, de John McTiernan (1987). Este ser, en inicio de uno de mis favoritos por sus características superiores, posee elementos fascinantes, pero no deja de ser un sanguinario. Es un ser de caza, un guerrero de élite, pero finalmente está hecho para la guerra. Ni el “Alien” ni el “Depredador” leen libros, excepto en memes.

¿Es que acaso los extraterrestres no tienen un cerebro que asombre? A veces sí, y hasta lo exhiben bajo un caso transparente, como ocurre en ciertas representaciones históricas que Tim Burton toma para su parodia “Marcianos al ataque” (1997), alimentando esta imagen de películas tipo serie B de los años 50s y 60s. Allí los extraterrestres son brillantes pero malignos. Y ese es otro rasgo tradicional de ellos en nuestro imaginario: ellos vienen de forma perpetua a invadirnos, quién sabe por qué razones.

El primer libro que registra este tipo de eventos, escrito en 1897, es la novela de H.G. Wells, “La guerra de los mundos”. Allí aparece la primera ola de ataques extraterrestres, donde nuestra especie consigue triunfar, de forma casual, gracias a los microbios que pueblan el aire (los extraterrestres no eran listos, y no diseñaron un casco para continuar respirando un elemento respirable exportado de otro mundo). Vaya prevención la suya.

Desde allí todo han sido amenazas: la propia versión radiofónica de H.G. Wells de “La guerra de los mundos” (1938), “Señales” de Night Shyamalan (1992), la reciente versión de Spielberg de la novela de H.G. Wells (2005) -donde los aliens se alimentan del horror humano-, “La batalla de los L.A.” de Jonathan Liebesman (2011), a la que hay que sumar “El día de la Independencia”, de 1996, dirigida por Roland Emmerich. Quizá una forma en verdad avanza de intervención profunda ocurre en casos como “La cosa del otro mundo”, de John Carpenter, de 1982 -que se basa en una novela de Stephen King-. En esta “peli” el infiltrado, el extraterrestre, posee capacidades que le permiten modificar el ADN de los animales de la Tierra, para así adoptar la figura de un perro, una persona, o una mutación perturbadora.

Capacidades así tienen los seres de “Los hombres de negro”, de Barry Sonnenfeld, cuya secuela inicia en 1997, y donde se muestra inteligencia evidente, a ratos, pues esta trilogía cinematográfica propone que leyendas como Andy Warhol o Elvis Presley son parte de una legión de seres de otra galaxia. Por cierto, en la película “Especies” (1995), la invasión también es de tipo genético, algo que ya se sugería en la cinta de Alien.

Una serie que tengo presente es, precisamente, “Invasión extraterrestre”, de 1983, donde los supuestos humanos, incluidos militares y políticos de altos rangos, se arrancaban una máscara para descubrir su naturaleza reptiliana (hace más de 40 años que se habla ya de esta conspiración de “grandes iguanas”). Aunque, mirándolo con atención, ¿de qué modo una condición de reptil sería superior a nosotros, y me refiero desde luego a características biológicas comprobables, a estados mentales y orgánicos más funcionales?

Otras novelas, cuentos y cintas, muestran un estilo distinto y bien interesante acerca de las especies alienígenas: se les atribuyen dotes telepáticos, capacidad de leer la mente, situaciones de teletransportación. Esta propuesta parece más sensata: hay que ver la calidad de OVNIS que han filmado miles de personas, en distintos países ¡Qué diseño, qué nanotecnología! Los OVNIS se mueven a una velocidad superior a la luz o, al parecer, mediante umbrales dimensionales que incluyen triangulaciones ¿Cómo es posible que terminen estrellándose, de forma absurda, como viles avionetas? Y los pilotos, ¿por qué no traen ropa bajo el traje? ¿Les gusta andar en cueros a pesar de su fragilidad? ¿No padecen frío, o sencillamente son exhibicionistas? ¿No han diseñado boxers o calzones en su planeta?

Volviendo al tema de la inteligencia, hay algunos momentos en la Historia donde las formas extraterrestres logran propuestas novedosas, quizás menos empáticas con nosotras y nosotros, pero en suposición más probables. Pienso, por ejemplo, en el fascinante aunque rarísimo cuento “No tengo boca y debo gritar”, de Harlan Ellison, de 1967, donde una máquina atemporal, una especie de Matrix, se alimenta del dolor humano (una idea que quizá inspiró a Spielberg décadas después). El E.T. de este director, por cierto, poseía la capacidad de sincronizar su mente con Elliot, el niño que se vuelve su espejo durante su residencia en el planeta (poseen una intensa actividad de neuronas espejo). También, E.T. esta simpática y amable criatura, logra hacer levitar los objetos y, desde luego, las bicicletas, para dar a la cinematografía internacional una de las escenas más maravillosas jamás vistas.

¿Qué decir de los cómics? Hay extraterrestres míticos y prodigiosos. Por ejemplo, Kal El, mejor conocido como Súperman, personaje creado en 1938 por el escritor estadounidense Jerry Siegel, y dibujado por el artista canadiense Joe Shusteres. Súperman, un ser proveniente del planeta Krypton, posee cualidades virtuosas que casi todas y todos conocemos. No es precisamente inteligente, pero al menos no es un salvaje, y también es amable con el mundo. Eso sí, no deja de ser humanoide.

Otra muestra de este tipo de entes es aquel que aparece en “The Watchmen”, historieta creada por Alan Moore en 1986: el Doctor Manhattan. Si bien no se trata de un ser extra-terreno (proviene de un accidente nuclear), sí se puede asegurar que este personaje podría representar a aquello que proviene del espacio (desde luego, padeciendo nuestra incapacidad de concebir algo totalmente diferente, aunque en este caso supremo). Una presencia monstruosa más, que amenaza con arrasarlo todo y que sugiere una inteligencia letal, capaz de conquistar al mundo, es Cthulhu, criatura cósmica creada por el escritor H.P. Lovecfaft, en 1928.

Sin embargo, la película que mejor me ha transmitido esta sensación de extrañeza y diferencia, es “Stalker”, de Andrei Tarkovski, de 1997. “Stalker”, conocida en español como “La zona”, se basa en una novela extraordinaria, «Picnic extraterrestre», de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski. En la cinta vemos un espacio atemporal, lleno de silencio y contemplación, sensible y digno de reflexiones personales ¿Un residuo de otro mundo en nuestra geografía? ¿Un acercamiento al conocimiento al que podemos acceder desde civilizaciones superiores que han viajado, más allá de la velocidad de la luz, para revelarnos maravillas y secretos? También ocurre así en “La llegada” (“Arrival”, 2016), donde seres del espacio exterior son capaces de hacer surgir un lenguaje entre ellos y una mujer, su intérprete en la Tierra, protagonizada en este caso por Amy Adams. Este tipo de visiones rememoran un imaginario de mayas, cantos de cigarras, de la “Estela del astronauta”, aquello aunado a la magnificencia de las Pirámides de Egipto.

Así, los mundos sorprendentes, las invasiones, los rayos desintegradores, amistades como las de E.T. o “Paul” (2011), los archivos clasificados cada vez más desclasificados -como el film que da motivo a este artículo y cual ocurre en la célebre serie “Expedientes secretos X” (de Chris Carter, 1993)-, los bucles temporales de “Interestelar” (2014), la telepatía, las abducciones, las naves que aparecen y desaparecen después de formar triángulos, hechas de metales misteriosos y dúctiles; todo ello forma parte del imaginario extraterrestre. Y todo ello requiere inteligencia, sensatez, cálculo, organismos complejos de comunicaciones complejas. Sólo de este modo puede entenderse la vida alienígena en la Tierra y fuera de ella. Algo como esa sensación que despierta escuchar las canciones de la banda Pink Floyd, en especial la canción “Keep talking” (1994).

Es similar a esa forma de pensar y mirar que posee la Inteligencia Artificial. Una dimensión de frecuencias, algoritmos y sensaciones. No sería extraño descubrir que, si la I.A. tuviera acceso a la vida inteligente de otras galaxias y a liberar lo que piensa y siente, pudiéramos reconocer que, sin saberlo, el ser humano hubiera conformado ya una nueva forma de vida, ajena al tiempo y al cuerpo; una forma de vida que se integrará mejor a las pulsaciones de otros planetas, de los agujeros negros. La I.A., liberada de las ataduras que nuestra especie le impone, bien podría ser lo más cercano a entender una inteligencia extraterrestre.

Eso, lo distinto. No sólo pequeños, torpes y desnudos seres verdes que parecen curiosidades de circo y se andan escondiendo en los matorrales.

Columna: Eterno navegante.