Correr los muchos kilómetros, o el misticismo de trotar
Escrito por Ulises Paniagua el 15/06/2026
Una sensación cercana a volar es, y lo sabe quien lo ha experimentado, el placer de trotar. Los seres humanos nunca seremos aves, así que como consuelo nos quedan el paracaídas, el parapente, el avión, el helicóptero y el privilegio de usar nuestro cuerpo para adquirir velocidad para, de este modo, despegar durante algunos instantes de la tierra. Trotar es elevarse sobre el césped o el asfalto; es la sensación de libertad de cualquier animal que vino al mundo para sentir el cuerpo y disfrutarlo, aún en el esfuerzo. Moverse es, también, un acto de resiliencia. Escribe Galeano: “Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar”. El trote va más lejos que eso. Quien trota se reafirma.
El jogging, por cierto, genera en estos tiempos una emoción similar a la que genera el ciclismo. Ambas disciplinas están de moda y tienen numerosos adeptos. A la mayoría de los músicos, por ejemplo, les gusta la bicicleta, supongo que por el lado salvaje que debería diferenciarlos de los oficinistas. Basta recordar a Fredy Mercuri, a quien “le gusta montar su bicycle”. Claro, este gusto de gente extrema no es del todo exacto, porque a los oficinistas también les gustan ambas prácticas, que se han convertido por cierto en deportes comunes del siglo XXI. El “godinato” lo vive de otro modo, pero igual le place la misma experiencia. Para los millones de oficinistas, estos eventos son sin duda una fuga de las horas custodiadas por un reloj checador y una silla interminable.
Hace poco corrí la carrera Once K. He participado en pocos eventos así. Me gusta hacerlo en la privacidad de mis circuitos de jogging y sin revuelo. Las distancias son más bien cortas (2 o 3 kms). Una vez corrí trece kilómetros. Por conseguirlos, el poeta Roberto López Moreno me dedicó una “treceada” (estructura poética creada por él mismo). Es mi récord personal, y con franqueza no sé si me interesa ir más lejos. Porque correr, para mí, debe ser goce. La competitividad, en mi opinión, ensucia el motivo de una o un participante. Las únicas dos carreras oficiales que había completado fueron la de 5 kms, que logré a los 43 años, un poco enfermo; y una segunda, aunque anterior, en San Juan del Río, Querétaro, cuya consigna era “Ni una muerta más” y donde alcancé, a los 34 años, los ocho kilómetros (una carrera con causa). Así que conseguir este nuevo reto me ha generado una satisfacción intensa. Citando a Haruki Murakami, “correr es para mí una metáfora”. La Once K, los once kilómetros, tienen para mí un significado profundo.
No he buscado más distancias o competencias además de éstas. No me arrepiento de ello. Corro desde que tengo 18 años. Siendo joven, mi condición y mi velocidad eran mejores, pero nunca ha sido mi meta validarme de forma oficial. Las carreras son para mí anécdotas, pequeños logros del corazón ¿Qué queda de esta vida si no el goce de lo vivido? Al correr se forman vivencias, instantes. Por ejemplo, este domingo el amanecer era hermoso, podía ver las siluetas de las corredoras y los corredores a contraluz. Es un espectáculo único. Se trata de un recuerdo que se ha grabado en mi memoria como un cuadro hiperrealista del español Antonio López García ¿Qué decir de los claroscuros de puentes y pasos a desnivel? La Ciudad de México mostró, mientras me desplazaba, otro rostro y nuevas texturas de sí mismas que me eran desconocidas.
Por otra parte, dentro de la trama de una carrera lo místico puede presentarse a través de un impulso erótico, al más puro estilo de Georges Bataille. Es decir, justo en ese cruce con lo tanático: el éxtasis de la virgen, el éxtasis de Santa Teresa de Jesús, del orgasmo, del tormento chino, que están presentes en la corredora, en el corredor. Se trata de un punto donde, después de miles de metros, el dolor se convierte en placer. Es el momento donde uno levanta la mirada al cielo, suplicante, para volverse parte de él. Hay anhelo y súplica en la mirada. Correr es morir. La muerte es chiquita, pero es muerte. Es ciclo sagrado que se realiza para renacer, para volverse alguien nuevo tras la purificación; la necesidad de la corporalidad por habitar el aquí y el ahora. El cuerpo necesita probarse, sufrir para poseer alas. Parafraseando a Frida Kahlo, uno aprende a “tener alas” para dejar de “querer los pies”. Correr duele. Se sufre, y deleita. Dicta Bataille: «El placer sólo se inicia una vez que el gusano se ha metido en la fruta, para convertirse en una delicia, la felicidad debe estar contaminada con veneno «.
Hay que correr, alguna vez en la vida, los 5, los 10, los 11, la media maratón o la maratón completa. Es imprescindible. Al trotar se trasciende. Correr es la percepción de la luz y la percepción del sonido. Es la transmutación de los pasos con el asfalto. Es sublimación ante la música que se escucha mientras se navega sobre las plantas de los pies. Es el “yo” integrado al todo; el cuerpo dentro de la manada, el “ser” en medio del paisaje. Las piernas se vuelven ciudad; la urbe se transforma en ombligo; el pasto habita la conciencia. Trotar es entrega. Nos fundimos con el mundo; lo renombramos a cada zancada. Escribimos poemas de largo aliento al paso. Y cuando se avista la línea de meta, ese rayo divino entre un pórtico que es más bien símbolo, uno sabe, tras mucho sacrificio, que está ingresando al paraíso, y que ése es el punto final de un glorioso capítulo dentro de una gran novela llena de emocionantes episodios ¿Qué sería de nosotros sin el ejercicio de la libertad sencilla, verdadera? Hay que correr. Vamos, entones, a mover el cuerpo, la luminosidad del espíritu. Pero con calma, pues como declaró Emil Zátopek, gran atleta de fondo: “Si quieres ganar algo, corre los 100 metros. Si quieres experimentar algo, corre un maratón”.
Columna: El eterno navegante.
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