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El dibujo científico

Escrito por el 23/11/2023

Una tradición revalorada

Aunque la palabra escrita tiene un lugar central en la comunicación de ideas y conceptos, el poder plasmar de manera detallada una observación hecha de la naturaleza bien vale, como dice el dicho, mil palabras. De esto se desprende que en la divulgación del conocimiento, incluso previo a la consolidación de la ciencia como tal, la ilustración de los textos fue crucial.

Previo a la invención de la fotografía o los gráficos digitales, el dibujo y la pintura fueron por muchos siglos la manera de ilustrar el registro de las observaciones hechas del mundo que nos rodea. Esto dió pie a una larga tradición técnica enfocada al detalle y el realismo, con la intención de poder comunicar de manera fidedigna los hechos tras esas observaciones.

Hoy en día sobreviven algunos bocetos famosos realizados por personajes como Leonardo Da Vinci, quien hizo extensos y detallados estudios sobre anatomía, ingeniería e incluso sobre la turbulencia del agua. Existen muchas otras ilustraciones que hasta ahora no habían gozado de tal fama, ya fuera porque sus autores no son recordados como artistas, o porque dichas ilustraciones no eran valoradas por su estética, sino que simplemente eran vistas como un gráfico ilustrativo del conocimiento, que era lo realmente importante.

Con el advenimiento de las diferentes tecnologías que nos permiten reproducir las observaciones de manera más directa, esta tradición de la ilustración científica se ha ido perdiendo, sin embargo, en las últimas décadas se ha visto un resurgimiento de la misma, siendo ahora valorada desde su aporte estético y no solamente ilustrativo.

Una persona cuyo trabajo se ha reivindicado en los últimos años gracias a este nuevo movimiento es Maria Sibylla Merian, una naturalista germana del siglo XVII, que fue precursora de la entomología moderna (estudio de los insectos), cuyas ilustraciones del proceso de metamorfosis de las mariposas han explotado en popularidad tras siglos en el olvido (al menos dentro del imaginario popular).

Otro ejemplo lo encontramos en el famoso médico español Santiago Ramón y Cajal, quien es conocido como el precursor de la neurología moderna, pero cuyas ilustraciones originales de las observaciones que hizo de las neuronas también han sido revalorizadas, al punto de ser expuestas en galerías de arte.

Hoy en día podemos encontrar ejemplos de ilustradores botánicos dedicando su talento al tatuaje, expandiendo los rumbos posibles para el dibujo naturalista. Por otro lado, existen proyectos de diseño textil donde hallamos ilustraciones anatómicas e incluso astronómicas en playeras, sudaderas y otros productos. Todo esto no solamente con reproducciones realistas del mundo natural, sino también con elementos fantásticos e influencias artísticas diversas.

Veo un valor no solamente estético en rescatar algo como esto, sino un valor humano. El que una persona sea capaz de elaborar algo con tal detalle y belleza me parece valioso, independientemente de la capacidad técnica de un aparato para realizar la misma cosa. El que una máquina pueda hacer una ilustración no me parece motivo suficiente para perder una tradición como esta, puesto que tiene un valor por sí misma, no solamente su valor al servicio de la comunicación de la ciencia.

Sin duda, esta tradición tiene futuro, aunque tal vez ya no se encuentre en la ciencia. Sin embargo, no debemos olvidar que tanto la ciencia como la ilustración que la acompañó por tanto tiempo comparten un mismo origen, la curiosidad, motivadora de inquietud, que al menos por ahora sigue siendo parte fundamental de la experiencia humana.

Columna: Transpoiética