Jugamos como siempre y ganamos como nunca
Hugo Santos miraba el partido a través del televisor, a solas, tronándose los dedos. Caminaba de un lado a otro de la habitación en una extraña mezcla de rabia y tristeza, un animal en desesperación. En los últimos días lo imprevisto había sucedido ante sus ojos. Fue un milagro: México accedió, de manera tortuosa, a la final del Mundial 2042. Era imprevisible aquel evento, sobre todo para la clásica selección de los “ratoncitos verdes”; después de apenas calificar en la primera ronda, un par de partidos épicos detonaron la sorpresa: el calendario estaba diseñado para que Brasil o Argentina se enfrentaran en semifinales pero contra todo pronóstico México venció a ambos equipos tras un par de batallas encarnizadas y con bastante fortuna (hubo errores defensivos en los rivales y goles espectaculares, insólitos, de por medio). Luego, la semifinal fue sencilla contra el “caballo negro”. A la final, por otra parte, llegó un joven equipo de Países Bajos que, aunque practicaba un juego fantástico, generaba dudas. También tuvo suerte, incluso gozó del favor del arbitraje, según las apreciaciones en ciertas jugadas polémicas contra Francia y España.
Era todo un cuento fantástico: México vs Países Bajo en pleno Estadio Azteca. Un anhelo vuelto realidad dentro del cuarto Mundial que se celebraba en el país ante los extraños beneficios concedidos por la Federación internacional de futbol. El país se paralizó durante esas jornadas, cada encuentro había sido un festejo, una verbena inolvidable. En las calles, extranjeros y turistas celebraban las victorias tricolores; Avenida Reforma e Insurgentes eran bares al aire libre, la gente hablaba de futbol en las casas, las oficinas, las tiendas de abarrotes, los hospitales, los ministerios públicos. El país era un polvorín de festividades ante la hazaña más grande del deporte nacional. México soñaba con los ojos abiertos.
Comenzó el juego. El árbitro dio el silbatazo inicial. Entonces, ante la esperanza, en medio de la fe infinita de las y los mexicanos y cuando el equipo atacaba con más intensidad, cayó el gol que arruinó la fiesta. Fue un remate espectacular justo al ángulo, un potente cabezazo. Países Bajos vencía a México 1-0 desde el minuto catorce, tras un tiro de esquina que de acuerdo a los comentaristas se pudo evitar.
La selección nacional luchó, tuvo un par de arribos peligrosos. Por su parte, el portero nacional rechazó, heroico, dos balones que estuvieron a punto de sepultar la esperanza. Conforme avanzó, el partido se convirtió en un calvario para la afición nacional, en especial para Hugo Santos; la tensión creció hasta volverse insoportable. Todo estaba perdido. Hugo no resistió, dejó su departamento al minuto 73. Estaba deshecho. Oportunidades como ésta (cual podía comprobar la Historia) aparecen una ocasión cada cien años, si es que llegan. Caminó por Insurgentes hasta el parque hundido, que estaba desierto en ese momento. Se internó entre la vegetación y se sentó a la orilla del lago artificial a llorar con franqueza. La eterna historia. “Jugamos como nunca y…”
Estuvo diez o quince minutos allí, perdió la percepción del tiempo. Se colocó un par de audífonos en los oídos. Escuchó música clásica, de forma autómata, para desconectarse de cualquier ruido urbano; luego cerró los ojos por un momento y respiró hondo dentro de ese espacio íntimo, lleno de árboles. Se limpió las lágrimas. Intentó convencerse: “Hicimos un gran papel”. Ojalá un prodigio se manifestase de algún modo, y el desenlace fuese distinto.
Abatido, se puso de pie, se quitó los audífonos, caminó por el parque hasta salir de él. Con pesar, subió los escalones para alcanzar la avenida. Entonces quedó atónito, lo que descubrió lo dejó sin aliento. Un relámpago de incredulidad lo alcanzó: la gente salía en ese instante de las casas, desbordada. Decenas de motocicletas invadían la calle. La gente manifestaba una alegría indescifrable que le iluminaba el rostro, algunas personas llevaban la bandera tricolor enrollada al cuello, sobre los hombros, el orgullo les cubría la espalda. El ruido y el festejo eran una generalidad, algunos usaban silbatos, los más viejos silbaban enloquecidos. Todas y todos se entregaban a los clásicos gritos de identidad nacional: “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co…!”, “¡Sí se pudo…Sí se pudo…!”
El escándalo era ensordecedor. Avenida Insurgentes era una fiesta. Hugo Santos se acercó a un joven que lanzaba alaridos felices aunque incomprensibles:
—¿A dónde van todos?
—¡Al Ángel, a festejar…! —contestó el adolescente, tratando de contener la emoción.
No lo podía creer. Tomó una pausa e hizo la pregunta en un tono cuidadoso, remarcado:
—¿Cuánto quedamos?
—Dos a uno… ¡Remontamos…! ¡Somos campeones del pinche mundo!
Se quedó inmóvil. Su cuerpo, antes en calma, contenía emociones casi incontrolables. Agradeció al chico, a quien vio desaparecer entre la muchedumbre. Desfilaban junto a él grupos de amigos, familias, parejas de novios, hombres sin playera, mujeres sin blusa, europeos portando sombrero de charro… Los autos lanzaban, a través del claxon, el pitido de apoyo nacional, en un apartamento sonaba el jarabe tapatío a todo volumen. Hugo se dejó arrastrar, era una gota más entre aquel océano. Lo condujeron por avenidas y callejuelas hasta alcanzar la columna del Ángel de la Independencia, no supo cuánto caminó. Allí, en pantalla gigante, repetían una y otra vez los goles de la victoria. Los contempló, extasiado.
Entonces sus ojos se rindieron al encanto del atardecer. Respiró hondo y lloró de alegría, de verdadera alegría. Se pellizcó el dorso de la mano. Por un momento sospechó estar viviendo una realidad alterna. “Quizá”, se dijo, “cuando estaba en el parque me quede dormido”. Supuso, también, que el disgusto le habría hecho sufrir un infarto, que aquello era una alucinación. Quizá un dios cuántico y tramposo le hacía disfrutar la ficción perfecta. Tal vez hubo un extraño, inusual cruce de tiempo. “No puede ser”, se repitió. Había esperado demasiado; llegó a creer que no sucedería, pero cantaba, bailaba y reía junto a los demás. Era parte de la manada, del día más inolvidable entre los largos días. A cada lapso volvía a quedar atónito. Era demasiado perfecto ¿México, campeón del mundo? Se desbordaba de emoción pero por momentos volvía a mirar el cielo. Debía haber un engaño, un truco. Esperó un rato, después otro ¿Qué aguardaba? Descubrir, quizá, los pixeles acusatorios entre las suaves capas del atardecer.
El disco que narró a la CDMX: 40 años de Hurbanistorias de Rockdrigo González
Selección de poemas de Marin Sorescu
Tres cuerpos, un solo pulso: Cuando el deseo se hace carne sobre la mesa
5 canciones para entender el genio de Gerald Clayton antes de verlo en la CDMX
Invencible Radio