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Periodismo desde la intemperie

Escrito por el 24/01/2026

Aprendiendo a escribir la ciudad

El sol empezó a colarse por las rendijas entre los edificios de esta ciudad en invierno: frío con calor. Hay algo extraño en esa mezcla, como si la ciudad no supiera bien en qué estación está, o como si fingiera normalidad mientras todo se mueve debajo. Cada tramo de sombra se disipa poco a poco, como la mentira cuando ya no se sostiene, y la verdad —incómoda, lenta— se abre paso.

Así empezó mi primer mes como reportero en un periódico local. Caminando una ciudad que habla, que se fractura, que se mantiene de pie por pura inercia. En cada esquina hay una realidad distinta: alguien muere, alguien nace, alguien ama, alguien pierde todo sin que nadie lo note.

Mi primer día no fue épico. Fue basura en la ciclovía. Con el paso de los días fueron: semáforos descompuestos, fugas de agua brotando como heridas abiertas y protestas que parecían desconectadas entre sí, pero que no lo estaban. Después llegaron a mí entrevistas exclusivas con diputados, alcaldes, especialistas en política, medio ambiente, derechos trans, animalistas. Poco a poco empecé a entender que en este país casi nada ocurre de manera aislada. El Mundial, las construcciones, el encarecimiento de la ciudad, el cartel inmobiliario, el desplazamiento de barrios enteros, la desaparición de espacios públicos. Todo está unido por una misma lógica: avanzar, aunque sea pisando a alguien más.

Aprendí que México se ha ganado a pulso su lugar en las estadísticas de crimen, corrupción, deforestación y violencia. Pero también aprendí algo más incómodo: no todo se puede cargar al gobierno. Hay una responsabilidad colectiva que preferimos no mirar. Nuestra indiferencia, nuestra falta de empatía, la facilidad con la que nos acostumbramos al caos. Exigimos justicia, pero vivimos como si no nos tocara ejercerla en lo cotidiano.

El gobierno lo sabe. Sabe que nuestra debilidad es la necesidad. La urgencia por sobrevivir. La creencia vieja, heredada, de que “para avanzar hay que chingar”. Por eso importa más quedar bien frente al mundo con un Mundial que arreglar un alumbrado público o una fuga que lleva meses desperdiciando agua.

En este mes vi cosas que no esperaba ver tan de cerca: la corrupción como una cadena donde participan autoridades, ciudadanos, crimen organizado y, sobre todo, el olvido. Adultos mayores abandonados, madres que buscan a sus hijos sin apoyo institucional, animales desechados, personas trans relegadas a la violencia cotidiana, trabajadoras sexuales de 20 años que vienen desde otros estados para mandar dinero a sus familias. Todos golpean a la ciudad y, al mismo tiempo, la acarician. Nadie se disculpa. Solo esperamos que el coraje se diluya y que el resentimiento se haga costumbre.

Me incomodó el abandono de las instituciones que deberían acompañar a quienes buscan justicia, como si el dolor ajeno fuera un trámite que estorba. Me decepcionó el abuso de poder de políticos y alcaldes, sus mentiras dichas con naturalidad, y que la gente se acostumbre a todo eso con la resignación de quien siente que nada va a cambiar.

Pero también me sorprendió algo que no estaba en mis planes: la gente confía. La gente habla. Me cuenta su vida. Me entrega pedazos de su historia con la esperanza —a veces mínima— de que alguien la escriba con cuidado. Entendí que eso no es un privilegio, es una responsabilidad enorme.

El choque con la realidad fue la prisa. La inmediatez. Los datos duros, las cifras, las declaraciones que no esperan a que uno piense demasiado. No es lo mismo cubrir cultura o música que escribir sobre presupuestos, violencia o corrupción. Aquí el tiempo no acompaña, empuja. Hubo días en los que pensé que no era bueno para esto. Que quizá no tenía el temple. Que no sabía cómo decir lo que estaba pasando.

Y luego, sin aviso, una nota llegó a la portada. Mi nombre en la de ocho. Ver el periódico en los puestos, observar a la gente leer algo que yo había escrito. Ese momento no resolvió nada, pero sembró una duda distinta: tal vez sí se puede decir algo, aunque no sea suficiente.

La redacción confirmó muchas ficciones que había visto en el cine. Editores duros, exigentes, formados en la vieja escuela. Gente que aprendió el oficio a golpes y que enseña igual. A veces pienso que el periodismo necesita sensibilidad, no solo resistencia. Que el modelo que nos formó también nos rompió un poco. No solo aquí: en casi todos los trabajos donde los millennials sobreviven y la generación Z empieza a abrirse paso en un mundo que no diseñó.

Hay días en los que pierdo la fe. Días en los que escribir parece inútil frente a tanta injusticia, frente a un país que juega sucio y donde todo parece estar conectado por intereses más grandes que cualquier nota. Y hay otros días en los que creo que contar lo que pasa, aunque sea de manera fragmentaria, sigue teniendo sentido.

No sé en qué me va a convertir este oficio. No sé si me va a endurecer o si voy a lograr conservar la mirada intacta. Apenas estoy empezando a construir una carrera y, por primera vez en mucho tiempo, no tengo certezas. Solo sé que quiero seguir mirando, seguir escribiendo y ver qué sucede.

Tal vez eso también sea una forma de esperanza.

Fotos por Javier Lether

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