
La risa de Pessoa
notas lisboetas
Escrito por Ismaël Diadié Haïdara.
1
Entre 1888 y 1935, las fotografías de Fernando Pessoa se suceden y no se parecen. Pocos escritores han dejado para la posteridad tantos retratos que no tienen en común más que el nombre. ¿Cuál es realmente Fernando Pessoa? ¿Qué une al niño en brazos de su madre en 1888, al pequeño ya de pie de 1890, al que aparece con un traje de joven bautizado y su cuello de marinero, al hombre del sombrero de 1914, con su bigote bien recortado, y al anciano de gruesas gafas redondas, la frente surcada de arrugas y amplia por una calvicie ya pronunciada que pronto dejará de estar sobre la tierra? ¿Es la misma materia, el mismo nombre o acaso la misma memoria y la misma conciencia de sí?
Plutarco relata la experiencia de la nave de Teseo. El barco del héroe ateniense Teseo es recuperado y reparado en un puerto. A medida que las tablas se desgastan y se pudren, son sustituidas. Después de mucho tiempo, no queda en la nave ninguna pieza original. Hobbes llevó la paradoja al extremo para establecer la posibilidad de la identidad por la materia. Si un artesano ha recuperado todas las piezas antiguas para reconstruir un nuevo barco, ¿cuál es el verdadero, el que conserva la primera forma o el que está hecho de la materia primera?
El filósofo Locke vincula la identidad a la memoria más que a la materia. Pero Pessoa, sin intentar dar una respuesta a la paradoja de la identidad, conduce a plantearse otra pregunta. A esa materia paradójica que es la nave de Teseo, que todos somos, añadió nombres con sus fechas de nacimiento, sus biografías, sus poemas. Entre tantos personajes, ¿dónde encontramos a la persona?
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En 1907, Fernando Pessoa, de regreso de Durban, donde vivió con su madre y su segundo esposo, el comandante João Miguel Rosa, que había sido nombrado cónsul en Durban, se dirigió a algunos de sus compañeros y profesores de la Durban High School, haciéndose pasar por el doctor Fautino Antunes, psiquiatra. En cartas mecanografiadas, les comunicó que trataba al paciente Fernando Pessoa, que sufría trastornos mentales. Fue una estratagema que, según su biógrafo Richard Zenith, permitió al tímido poeta conocer la opinión de los demás sobre él.
Es a partir de ahí que Pessoa parece hacer de los heterónimos una forma de estar frente a los otros. La ficción está ahí, y servirá. Pessoa utiliza los heterónimos para multiplicarse y “repartirse”. Quiere “sentir todo de todas las formas posibles. Verlo todo desde todos los puntos de vista posibles” sin apostar por nada.
Allí donde Walt Whitman contiene la multitud y sus contradicciones, diciendo:
¿Me contradigo?
Muy bien, me contradigo.
Soy amplio,
Contengo multitudes.
Pessoa parece diluirse, perderse, vaciarse de sí mismo en su multitud. No los contiene como un conjunto contiene sus elementos constitutivos: se fragmenta, se dispersa, se pierde. Por una parte, Pessoa se multiplica hasta perderse; por otra, trabaja de otro modo a borrarse dentro del orden del mundo.
3
A los 37 años, Pessoa escribe una carta al director de una revista inglesa en la que dice sentirse cada día más joven por carecer de todo propósito en la vida y no haber adquirido ni familia, ni profesión, ni trabajo, ni siquiera “una opinión que dure más que el transitorio minuto en el que la sostuve”.
Para persistir en este esfuerzo de ser un hombre sin atributos, dice:
Nunca he hecho un verdadero esfuerzo por conseguir nada, ni he aplicado con fuerza mi atención excepto a cosas fútiles, innecesarias y ficticias. Me siento joven porque he vivido así.

4
En cada heterónimo, Pessoa toma prestada una voz según la identidad del personaje. Las voces son las fragmentaciones del sujeto. En la dispersión, Pessoa no es nadie.
O poeta é um fingidor
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as dias que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.
5
El “Yo soy” de Descartes está invertido. “Pienso, luego no soy” podría decir Fernando Pessoa. Consigue casi la proeza. La multiplicación del Yo es un arte de disolución. Pessoa borra la huella mediante la multiplicidad.
Estamos ante una personalidad fugitiva. Toda la vida de Pessoa está entregada al trabajo de la anulación de sí mismo. Asistimos a un suicidio por la obra. Se mató lentamente a lo largo de una vida y, al desaparecer, dejó para la posteridad el arma del crimen.
6
¿Dónde está la voz de Pessoa entre todas estas voces? Todas son sus voces, no tiene ninguna.
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La gran revolución de Pessoa en la poesía es la ausencia de lo propio. Bashō se borra para dejar ser al Ser; Pessoa juega como Penélope frente a sus múltiples pretendientes: teje todos los días y, llegada la noche, deshace lo hecho; sigue su huella borrándola.
Pessoa es un personaje homérico cuya presencia está en la ausencia. Cada lector es un pretendiente ávido de sentido que espera una figura que no se entrega. Ulises es la Nada que tarda en llegar, el absoluto convocado que no se muestra.
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Todo Pessoa está en el borramiento, en la pérdida. Nada se dice de él que no sea nada. Está en todo y en ninguna parte. Pessoa introduce siempre una distancia, una segunda mirada que observa a la primera.
9
Cervantes y su Don Quijote preceden a Pessoa y sus heterónimos. Alonso Quijano pasa por un desdoblamiento identitario y se convierte en Don Quijote de la triste figura.
Estamos ante un fresco existencial y un juego de espejos en el que el yo se multiplica. El individuo elige habitar otra vida mediante el trabajo de la imaginación. Quijano se convierte en Don Quijote por una fabricación poética y ficcional, del mismo modo que Pessoa crea los heterónimos, con su propia biografía y sus propias obras.
El acto de crearse como otro, marca la porosidad de la línea que separa lo real de la invención. Al pasar de lo real a la máscara heteronímica, se produce una despersonalización. La alquimia de la alteridad trabaja aquí para realizar el deseo de ser otro o, dicho de otro modo, de no ser.
10
Pessoa es un técnico genial del verso y un psicólogo profundo, capaz de hacer hablar a mil “yo” ante la ausencia de un yo. En él, algo pertenece a la magia menor de Borges. De su sombrero saca nombres y versos. Es artesanía elevada a la nobleza del arte.
11
La biblioteca de Pessoa habla por él. Libros de mitología, de religión, de historia, de ocultismo y, a veces, de poetas como Walt Whitman o Khayyam. Extrae de otros lugares la materia de su poesía.
12
Khayyam es otro heterónimo de Pessoa.
13
Pessoa es un poeta ventrílocuo.

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Desconstruir a Pessoa es hacer la arqueología del vacío, capa por capa, apartando personajes acumulados con el tiempo, en la geología de una vida que Octavio Paz, permitiéndose una licencia poética, dice que no existe.
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Hay un diálogo, un juego de espejos entre el nombre y el silencio que oculta.
16
La obra de Pessoa se ha construido sobre la distancia, el alejamiento, la fuga.
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Los heterónimos de Søren Kierkegaard, como el de Machado, su Juan de Mairena, hablan; los de Pessoa callan. Pessoa desafió al mundo, rechazó el orden establecido y todo orden futuro. La monarquía, el sueño de Dom Sebastião, las cartas astrales, la palabra de los muertos no son más que formas de excluir el presente, de anular la presencia en el aquí y el ahora donde, para él, nada merece la pena.
Pessoa se niega a dejarse asignar una identidad, una doctrina, una pertenencia definitiva. Hay en él un rechazo por retirada, por desplazamiento, por indiferencia. En Pessoa, la evasión es precisamente una manera de no entrar en el juego del mundo. Se escabulle.
Pessoa no juega a un nihilismo abstracto; plantea, mediante su existencia, una forma de negarse radical respecto del mundo. Los heterónimos giran alrededor de un centro ausente.
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Hay una finta en Pessoa. Siempre va enmascarado. Kafka va con el rostro desnudo a un baile de máscaras. Ni uno ni otro se encuentran cómodos..
19
¿Quién ama en un poema de amor escrito por Álvaro de Campos? Hay ahí una figura de la timidez que trabaja para no mostrarse. Yo soy ese otro, parece decirnos. A falta de pruebas, hay que creerle.
Pessoa se esconde para decir, presta voces para hacerse público. Amiel da su voz en un Diario íntimo para esconderse del público.
20
Pessoa es un personaje de Pessoa. Está atrapado por sus heterónimos. Pessoa es un personaje de Pessoa. Quizá esa sea la única posibilidad que tuvo de existir: representar su papel en el gran teatro de este mundo.
21
Leer es seguir la huella de aquello que se niega a la llegada del silencio radical. La palabra hace el margen donde un silencio cobra sentido.
22
Hay un filólogo en Pessoa; ahí nace una figura fuera de la ironía. Un enamorado del logos, grafólogo que, para no ser escrito, desea ser. Existir es huir de sí mismo en la escritura.
23
Hay que buscar a Pessoa fuera de los heterónimos, pero ¿dónde encontrarlo?
24
El poema precede a la vida y la funda en Pessoa.
25
¿Qué calla Pessoa cuando habla?
26
El desastre del Yo es una errancia entre “yoes» que no lo contienen.

27
El plurilingüismo de Pessoa lo diluye entre lenguas. Si nuestro mundo es todo lo que es nuestro lenguaje, Pessoa, en la multiplicidad de sus lenguas, vive en una multiplicidad de mundos. Está condenado a cierto relativismo. A la muerte del poeta Edmond Jabès, participé, junto con José Ángel Valente, Paul Auster, Jacques Derrida y otros escritores de la época, en el libro homenaje coordinado por Didier Cahen: Saluer Jabès, les suites du livre. Mientras José Ángel Valente subrayaba la pérdida, la ausencia, Paul Auster recordaba en su texto la exigencia de claridad en Jabès. Mi texto trataba sobre el naufragio de la palabra y el silencio, y el de Derrida, titulado «De l’autre côté du monde», fue reeditado en la recopilación póstuma Cada vez única, el fin del mundo (Chaque fois unique, la fin du monde, Éditions Galilée, 2003). El texto se funda en cuatro conceptos clave: con la muerte de Jabès, Derrida experimenta el fin radical de un mundo hecho posible por la relación de amistad. El superviviente experimenta un todo infinito que ha quedado borrado para siempre. El muerto pasa al otro lado, a una alteridad radical. Solo permanecen la huella y el sobrevivir. El otro, Jabès, se vuelve radicalmente inaccesible, separado por una frontera infranqueable. Hablarle solo es posible en un más allá del lenguaje y del mundo visible que este hace posible. Allí adviene la escritura como aquello que subsiste después de la desaparición. La memoria del ausente sobrevive en la huella escrita, el Libro. Solo allí se encuentra el lugar del exilio y de toda supervivencia. Allí reside también la hospitalidad, la acogida del desaparecido en la apertura del superviviente. Saludar a Jabès significa aceptar su alteridad absoluta. Ante Jabès, Derrida ya no tiene más que el texto, que se ofrece a la diseminación y a la deconstrucción, un encaminamiento, por tanto, hacia la ausencia. El texto es un lugar del lenguaje, y el lenguaje, mediante esta diseminación, ejerce su poder sobre las significaciones. Las palabras se dispersan, generan sentidos imprevistos y no controlados de antemano por el sujeto. Derrida, mediante la deconstrucción, se enfrentó a la metafísica de la Presencia, a la ilusión de que existiría una verdad o un sujeto único en el texto. *El libro del desasosiego*, al igual que toda la obra heteronímica de Pessoa, funciona como una ilustración que precede a la formulación teórica de Derrida. Cada entrada del libro es un fragmento que se abre hacia otros fragmentos sin transmitir jamás un mensaje único. La polisemia muestra que una palabra posee múltiples sentidos; en ella también el sentido estalla y circula, formando como rizomas de relaciones que producen sentidos. En Pessoa existe una cadena de textos que se construyen, se comentan, se contradicen entre sí, se deconstruyen, haciendo imposible rastrear una verdad originaria del autor. No existe un sujeto único: el yo poético es, en sí mismo, múltiple, bajo diversas máscaras que hablan a través de notas, aforismos, diarios inacabados, cartas. Pessoa nos conduce a la ruptura del pensamiento lineal y centralizado. Cualquier libro puede entrar en diálogo con cualquier otro, como los rizomas de Deleuze y Guattari (*Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia 2, Éditions de Minuit, 1980). Pessoa es un artista de la desterritorialización, un cuerpo sin órganos capaz de reproducirse hasta el infinito. Pessoa precede a Derrida, Deleuze y Guattari.
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Pessoa creó más de cincuenta heterónimos, unos treinta de ellos con obras propias, además del ortónimo Pessoa.
29
¿Cómo hacer el retrato de un hombre retirado para siempre detrás de sus máscaras?
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Octavio Paz pensó que era imposible captar, o revelar, la vida de un Pessoa que solo existía en los papeles.
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João Gaspar Simões, en 1950, concedió menos valor a los poemas de los heterónimos porque, según él, no eran sinceros. No hay que descartar de un plumazo esta actitud de Simões. Hay finta, desplazamiento y, al fin y al cabo, una ironía que perturba la mirada en los heterónimos.
¿Dónde está Pessoa? Hace falta un trabajo de detective, una investigación policial ante un hombre que se abstrae, que se retira como el reflejo de la luna en una calabaza de agua que el niño intenta coger. Está siempre ahí, pero nunca conseguimos sujetarlo.
Hay en Pessoa un “no sé quién” —otro acercamiento a san Juan de la Cruz a través de Vladimir Jankélévitch—, un “casi nada”. Juega con lo imprescriptible y lo irreversible, un haber sido definitivo que suscita la saudade, ella misma indescriptible.
El tiempo es fugaz. Pessoa también lo es.
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El Juan de Mairena de Machado, el Profeta de Gibran Jalil Gibran y, antes, el Zaratustra de Nietzsche son personajes literarios producidos para expresar el pensamiento de sus creadores. Caeiro o Reis hablan para borrar las huellas de un hombre que se niega a serlo sin ser capaz de guardar silencio. Pessoa se resiste al ser. Ahí está la ironía. La ironía es en Pessoa una constante. Dice en algún lugar del Libro del desasosiego: “He hecho de la ironía el color de mi traje de todos los días”. La ironía permite desdoblarse; se convierte en espectador lúcido y divertido del mundo. Transforma la existencia en objeto estético. En los heterónimos hay una “auto-parodia”, un humor feroz. Álvaro de Campos se burla del rigor estoico de Ricardo Reis. Sus personajes defienden ideas opuestas. Su obra es una puesta en escena irónica donde las grandes verdades de la humanidad se devoran entre sí. El banquero anarquista o la metafísica del estanco muestran un desfase entre el infinito y la banalidad de lo cotidiano. Hay, por tanto, en Pessoa una conciencia de la finitud que hace todo lo posible por no tomarse en serio. Es precisamente por esto por lo que Jankélévitch reconoce la ironía.

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Pessoa no es capaz de una adhesión total a lo real. Se observa pensar, vivir. Su vida refleja la realidad del Diálogo entre el esclavo (mesopotámico) y su amo, traducido hace algunas décadas por J. Brodsky.
Todas las certezas quedan destruidas en la equivalencia de todas las verdades y de sus contrarios. Crear personajes que tienen sus propias vidas y sus propias verdades pertenece a la ironía vital.
La multiplicidad de las verdades significa una ausencia de centro. No hay un yo unificado, estable, sino la sospecha de un vacío fundamental que toma, como el agua, la forma de su recipiente momentáneo.
En esta dramatización relativista se percibe el desapego del dios menor que crea su mundo y sus personajes. Pessoa vive en la distanciación ((Verfremdungseffekt) como diría el director teatral Bertolt Brecht. Representa un papel adoptando, mediante un desdoblamiento consciente, una distancia respecto de sí mismo: se ve representar un personaje.
Apenas si no se ve dibujarse en sus labios una sonrisa burlona.
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Pessoa no se adhiere a sí mismo. Está inmerso en un trabajo de ficción permanente.
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Me gusta decir”, dice Pessoa, pero para no decir nada, porque “la ironía es el primer signo de que la conciencia se ha vuelto consciente”.
Pessoa lleva a cabo un sacrificio de la identidad. Cuanto más se busca a Pessoa, más se borra. Se retiran las máscaras y se descubre que no hay un rostro primero.
Ahí está la ironía fundamental, la risa de Pessoa.
36
El 27 de abril de 1920, Fernando Pessoa escribe a su Ofélia Queiroz:
Mi pequeño y lindo bebé: ¡No te imaginas la gracia que me has hecho hoy en la ventana de la casa de tu hermana! Menos mal que estabas alegre y que has mostrado placer al verme (Álvaro de Campos).
El 5 de abril ya aparece Álvaro de Campos, ingeniero, en una carta a Ofélia Queiroz. Este personaje será en parte la razón de la ruptura de la relación entre Pessoa y su amante.
Ángel Crespo, en La vida plural de Fernando Pessoa (1988), señala que Álvaro de Campos es el heterónimo con el que Pessoa más se confundió.
En O Fernando e eu, Ofélia Queiroz dice:
“Fernando era una persona muy especial. Toda su manera de ser, de sentir, incluso de vestir, era especial. Sin embargo, yo tal vez no me diera cuenta en ese momento, porque sentía pasión. Su sensibilidad, su ternura, su timidez, su excentricidad, en el fondo me encantaban. Por ejemplo, Fernando era un poco confuso, principalmente cuando se presentaba como Álvaro de Campos. En aquellas circunstancias me decía: ‘Hoy no soy yo quien ha venido, sino mi amigo Álvaro de Campos…’. Se comportaba en esas ocasiones de una manera totalmente diferente. Con un aire de tarambana decía cosas sin nexo. Un día de esos me dijo: ‘Traigo un encargo, mi Señora, que es el de meter la abyecta fisonomía de ese Fernando Pessoa en un cubo lleno de agua, con la cabeza hacia abajo’. Le respondí: ‘Detesto a ese Álvaro de Campos. Tan solo quiero a Fernando Pessoa”.
El personaje devora a la persona.
37
Al final, quien busca a Pessoa no encuentra más que el placer del texto.
*
Aquí terminan estas notas. Sentado a una mesa del Martinho da Arcada, adonde acudía todos los días, o casi todos, Fernando Pessoa, y donde se reunía con los miembros del grupo Orpheu, me guardé del propósito de tomar de nuevo un taxi hasta la Rua Coelho da Rocha, 16. En el tercer piso, Pessoa había vivido. Allí se encuentra el museo dedicado a su vida: sus gafas, sus libros, su máquina de escribir, la caja donde se acumulaban sus manuscritos, tantas cosas que lo acompañaron en ese tiempo de vivir que Octavio Paz le negó. Frente a esta Praça do Comércio, renuncié a buscar a Fernando António Nogueira Pessoa. Hay que respetar la risa de los demás.

ISMAËL DIADIÉ HAÏDARA (Tombuctú, 1957) es un poeta, filósofo, historiador, presidente de la Fundación Mahmud Kati y director de la biblioteca del mismo nombre hasta el 23 de junio de este año 2020. Conferenciante en varias universidades, cuenta con una extensa obra publicada en Filosofía y en Historia. En poesía ha publicado las siguientes obras: Territoire de la Douleur (Bamako, 1977) Comme une blessure éclatée dans les vannes du soleil (1978) Le Chant équinoxial (1979) Las lamentaciones del viejo Tombo (2006) Une maison au bord de l’eau (2015) Mi edad de piedra, in Irreconciliable, Málaga 2016; Palabras sin Fronteras (en colaboración con el poeta turco Haydar Ergülen (Baza, 2016) Tebrae para mi madre (2017) Sahel (2017) Tebrae (Cantabria, 2021; versión francesa, Bamako 2022; versión italiana, Baronissi, 2026).
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