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Brevísima historia de la ciencia ficción mexicana

Escrito por el 10/12/2025

En 2023 apareció en el sitio web del New York Times en español un curioso artículo, se titulaba “Ciencia Ficción Latinoamericana: disidentes zombis y extraterrestres en la Amazonía”, en dicho artículo Emily Hart menciona a autores de Colombia, Cuba, Argentina, México e incluso tomando en cuenta a la lengua portuguesa menciona a la ciencia ficción brasileña. El texto hace énfasis en un cambio de perspectiva de las generaciones latinoamericanas actuales con respecto a su lugar en el mundo y a su futuro, contrastando con los autores del siglo pasado.

Invito al lector a consultar dicho artículo, ya que al momento de leerlo, quien escribe estas líneas inmediatamente notó un guiño de aprobación desde la anglósfera (donde el género en cuestión ha florecido). Pareciéndome una interesante vindicación, no solamente de la nueva generación de autores, sino de una larga lista de escritores previos, cuyo cuerpo de trabajo había sido invisibilizado hasta hace un par de décadas.

Más allá de que necesitemos una vindicación externa desde el vecino del norte, podemos entender que ha habido un cambio de actitud hacia este género literario, tanto en el público en general como dentro del mundo académico latinoamericano. Y es que, no hace mucho tiempo, se ponía en tela de juicio la mera existencia de tal cosa como “literatura de ciencia ficción” en nuestra región.

En México, desde donde se escribe esta columna, podemos recordar las palabras del autor Gonzalo Martré:

«…me hallé, a menudo, con una actitud escéptica o francamente despectiva y, a veces, con una pregunta irónica: «¿Es que existe la ciencia ficción mexicana?«»

Esto último refiriéndose a la actitud con la que se encontró al tratar de abrir espacios para la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía, siendo él su presidente en ese momento. Para quien quiera ahondar en este tema, sugiero leer la obra que coordinó Martré al respecto: “La ciencia ficción en México (hasta el año 2002)”.

En una obra mucho más reciente (2020), Silvia G. Kurlat Ares afirma:

«…la existencia misma de un objeto que pudiera definirse como CF en Latinoamérica … suele ponerse en entredicho.»

Se trata de una gran obra en dos tomos, titulada “Historia de la ciencia ficción latinoamericana”, en la que Kurlat y Teresa López Pelliza coordinan un importante esfuerzo académico, donde se visualiza al género como una parte integral de la tradición literaria latinoamericana. Esta última obra, de gran extensión, la recomiendo ampliamente para cualquier interesado en el tema.

Pero, a todo esto ¿cuáles son dichos autores y sus obras? Aquí me gustaría comenzar un muy breve recorrido, comentando a algunos autores mexicanos que me parece no han recibido mucha atención como creadores literarios de ciencia ficción, en buena medida porque no se dedicaron de manera exclusiva o incluso primordial a la CF, aunque dicho género forme parte de su obra. 

Un primer antecedente de la CF en toda América se titula “Sizigias y cuadraturas lunares” obra en la cual se narra un viaje hacia la luna. Escrita por un fraile franciscano llamado Manuel Antonio de Rivas, asentado en Mérida, Yucatán y de quien poco sabemos. Siendo que justamente lo poco que conocemos de él, se debe a la visceral reacción en contra de su obra. Pues le sobrevive el registro de una acusación por herejía, hecha hacia él por la Santa Inquisición en 1775, donde la obra en cuestión fue una de las pruebas utilizadas en su contra.

El manuscrito de Zizigias fue redescubierto entre los archivos de la inquisición por Pablo Gómez Casanova en 1958, pero tuvo que esperar hasta 1994 para ser publicado y comentado, para luego tener una edición crítica completa en 2001, siendo hasta 2015 que se realizó la primera traducción completa al inglés para la revista Eleven Eleven. Sacado del olvido y revalorado, ahora Manuel Antonio Rivas es reconocido como el primer autor de ciencia ficción en el continente Americano y uno de los primeros autores de habla hispana en dicho género.

Vemos entonces que la ciencia ficción ha sido desde sus inicios el avatar de rompimientos con lo establecido, en el camino hacia nuevas perspectivas. Y a su vez, desde su origen ha sido atacada, desacreditada e invisibilizada. A pesar de todo esto la ciencia ficción continuó con su sendero, apreciada por aquellos pocos que encontraron en sus ideas algo más que simple especulación ociosa, hallando nuevas formas de entender al mundo y a sí mismos.

Dando un salto de poco más de un siglo desde el juicio en contra de Rivas, llegamos con otro autor, a quien se le recuerda más por su poesía. Se trata de Amado Nervo, quien demostró una gran destreza literaria, tanto en la narrativa fantástica como en la de ciencia ficción.

Recientemente, la antología “El Sexto sentido y otras historias extraordinarias” seleccionada y presentada por Gustavo Jíménez, ha recogido algunos de los cuentos más representativos de esta faceta de Nervo, con narraciones como “El sexto sentido” (1906), donde se explora el don de la clarividencia a través de una explicación que para la ciencia de aquellos tiempos podía todavía parecer posible. Mientras que en otro de sus cuentos más citados, “La última guerra” (1906), se propone un futuro donde las revoluciones humanas han dado paso a la revuelta de los animales en contra de sus explotadores amos humanos.

Ahora, damos un salto no tan grande, de menos de medio siglo, para encontrarnos con otro autor que tampoco ha sido recordado por su pericia en la narrativa de ciencia ficción. Rafael Bernal fue un autor al que en vida probablemente se le conoció más por su labor diplomática que por su obra literaria y su legado artístico es recordado por “El complot mongol” la obra clásica de la novela negra en México.

Suele ser poco recordado el hecho de que Bernal incursionó en la ciencia ficción, lo hizo con una obra llamada “Su nombre era muerte”. En dicha obra se plantea una realidad en donde el ser humano, a pesar de su soberbia, no es realmente el personaje principal en la historia de este planeta, logrando encontrar tonalidades de horror cósmico en lo profundo de la selva lacandona.

En 2015, en conmemoración del natalicio de Bernal, Jus, que editó originalmente la obra, reeditó Su nombre era muerte, en esta ocasión con un prólogo de Alberto Chimal, quien es probablemente el primero de los autores mencionados aquí que en vida sí es reconocido como un exitoso autor de ciencia ficción. En obras como “La torre y el jardín”, combina elementos fantásticos con temas propios de la ciencia ficción, consiguiendo la aclamación de la crítica especializada.

Finalmente me gustaría mencionar a Bernardo Fernández (BEF), autor de novela e historieta quien ha cultivado la ciencia ficción como pilar de su obra literaria. “Gel Azul”, una de sus obras más renombradas en este género, es tanto una especulación sobre el futuro, como un juicio sobre el momento presente en el que fue escrita, algo que tiene en común con Antonio de Rivas, Amado Nervo, Bernal e incluso con Chimal. Y es que la ciencia ficción nos permite narrar lanzando una mirada crítica que pone en tela de juicio el “sentido común” de cada época. Esto es parte fundamental del género, ya sea en literatura, cine, videojuegos o cualquier otro medio.

Desde las acusaciones de herejía y pasando por la minimización, por primera vez en nuestro país los autores de ciencia ficción son reconocidos y su obra valorada. Por lo que, me gustaría cerrar esta columna recordando que la ciencia ficción no se trata de naves espaciales o robots, sino que es un género que nos habla de temas universales sobre la condición humana, se trata de un espejo donde lo que vemos, por más distorsionado que se encuentre, es nuestro propio reflejo.

Columna: Transpoiética.