Saúl Ibargoyen, a siete años de su partida
Escrito por Ulises Paniagua el 21/01/2026
“Yo soy el escriba de pie / con un corazón que empieza a herrumbrarse por decisión de los dioses inalcanzables”. Así inicia uno de mis poemas favoritos del escritor urumex (uruguayo-mexicano), el querido Saúl Ibargoyen. Texto que describe en su profunda esencia al autor, a la voz poética como diría el propio Ibargoyen. “El escriba otra vez” es un escrito lleno de resistencia, conocimiento, empatía, pleno de versos que retratan de manera fiel a quien los escribe. Porque Saúl, el viejo Saulo, en su amplia humildad fue siempre un maestro generoso a la par que se mostraba como un simple y probo traductor del universo. Un universo realista, -lleno de perros, sangre, muelas y fluidos- tanto como metafísico -desde la postura sufi-, hasta llegar al fervor político de las décadas de los años 60s y 70s del siglo pasado, época de terribles dictaduras derechistas latinoamericanas que, por desgracia, están volviendo a aparecer en la escena de nuestra amada América, tan atacada de forma permanente por las grandes potencias mundiales.
Ibargoyen, quien pertenece a una generación magnífica y pensante (que incluye por ejemplo a Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Marosa Di Giorgio y Ernesto Cardenal), legó a nuestros ojos y nuestros oídos una numerosa colección de su autoría en al menos ciento veintinueve títulos, de acuerdo a lo que comenta Mariluz Suárez, esposa y viuda del escriba uru-mex.
Nacido en Montevideo el 26 de marzo del 1930, Saúl Ibargoyen Islas fue, a sus cuarenta y cuatro años, un exiliado político. Activista y militante de la izquierda de su país, fue perseguido y torturado por la dictadura de Juan María Bordaberry. Saúl consiguió escapar de la muerte o la cárcel (eso nunca se sabe) gracias a una magistrada escritora que lo liberó de cargos políticos graves. Se vio obligado a marcharse. Su destino original no era México, como felizmente lo hace saber la dramaturga y traductora Mariluz Suárez, sino un país más cercano: Venezuela. Sin embargo, algo en la planeación de su exilio salió mal y por fortuna llegó a esta tierra compleja, para no marcharse jamás. No se trató de una coincidencia, desde luego, porque como él solía repetir: “existen las causalidades, no las casualidades”. En sus primeros años en México, laboró en la revista “Vuelta”, dirigida por Octavio Paz, aunque abandonó dicho proyecto editorial reconociendo que las diferencias ideológicas y éticas con Paz eran profundas. Más tarde fue profesor de SOGEM durante años para luego concluir su carrera brindando talleres literarios gratuitos por el gusto de impartirlos y obsequiar su conocimiento.
Finalmente, el autor de grandes poemas como “Gran Cambalache” o de libros emblemáticos como “Cantos a la amada” partió de este mundo el día 9 de enero del 2019. Nos abandonó sólo de forma física, porque su presencia poética y espiritual sigue latiendo en el corazón de sus múltiples alumnas y alumnos. Aunque amaba a México, nunca olvidó su tierra, como es el caso de cualquier exilio. Escribe en “Patria perdida”:
Ya no puedo volver:
perdí mi patria
en cualquier esquina
de una calle sorprendida
o en el fragor de engaño
que ejecutan las campanas
o en la magia repetida
que suponen los crepúsculos
o en cuerpos roídos
que su sombra depositan
llegando desde oscuras
empresas de muerte.
El Ateneo secreto, taller de poesía dirigido por Takeshi López y Roberto Lizárraga, quienes fueron sus alumnos, organizó una lectura-homenaje justo en la fecha de su deceso. La cita fue el pasado viernes 9 de enero, en el café “Nané”, ubicado en la colonia del Valle (centro). En el homenaje participaron desde autoras y autores que se están iniciando en el mundo de la poesía, como Daniel Garnica, Ana García y Miriam Jaramillo -integrantes del Ateneo secreto-, hasta autores con más trayectoria como los propios Lizárraga, Takeshi López, Marilúz Suárez y el escritor Ulises Paniagua. Se contó, honrosamente, con la presencia del gran autor chiapaneco, una leyenda de nuestras letras, el maestro Roberto López Moreno, quien deleitó a las y los concurrentes con su sabiduría y sus siempre bien logrados textos.
Fue una velada memorable, con versos transmitidos de manera íntima desde un micrófono hasta los audífonos de las y los asistentes (una experiencia novedosa para escuchar poesía). Fue todo tan próximo, tan humano, que me pareció percibir el invisible, pacífico e indomable espíritu de Saúl tomando su acostumbrado café americano junto a un vaso de agua mineral. Despertó en mí la nostalgia, los recuerdos por aquellos intensos tiempos en que el grupo “Juntaversos”, fundado por Ibargoyen bajo el nombre de uno de sus títulos, solía reunirse en el café “La selva” de Coyoacán.
Melancolía y una fiereza rebelde se percibieron esa noche porque no faltó, siguiendo su tradición, la poesía política. Me pregunto a ratos que diría Saúl de las circunstancias que están cercando el mundo de hoy, con “los politicones de hoy”, “los corruptos de hoy”, “los campeones de cualquier porquería”. Porque racismo, violencia, tendencias supremacistas y capitalismo salvaje amenazan, como nunca, a la era de la modernidad y la posmodernidad humana. Con ello, desde luego, Ibargoyen no estaría de acuerdo. Son los miedos los que resurgen, los que hacen eco, los que describe en su poema “Ladridos”, donde ya presagiaba el desastre:
¿Quién es ese otro perro
que ladra
en un dialecto que nadie conoce?
¿Por qué debe echar
en los aires chirriantes
de cualquier ciudad
grito a grito los coágulos
de la última voz
de la última tribu?
¿Para qué están de pronto
detenidos los que escuchan?
¿Hacia dónde viajan o huyen
los que dicen que pueden comprender?
¿Para qué hay hombres
que levantan látigos y cuchillos
y abren oscuras campanas?
¿Para qué quiere este animal
vaciarse así
de su canción desperrada?
¿Cuál es la fuerza
que alienta en sus babas sonoras
en sus tripas besadas por la sed?
¿Qué otros perros perdidos
se extinguen
en el silencio que gime
debajo de su piel?
No sé, con exactitud, qué diría Ibargoyen en el 2026. Estoy seguro, sin embargo, que procuraría sembrar una semilla, un embrión de conciencia -como siempre hizo- a través de las letras y el pensamiento: como una ola que combate a otra, un abono luminoso y oceánico para invisibles árboles de resiliencia. Sembrar. Legar conciencia y belleza a pesar de la fealdad del mundo. Eso haría. Es lógico y probable. Crear palabras, ideas, contacto humano. Llamar con urgencia, en medio de desastres y peligros. Ser un eterno escriba que cae y se levanta. Pues, como ya lo explicó en algún poema, el tiempo apremia:
…quieren borrar el sudor de las naciones
que extinguió la ira de Yaveh
y la orina de las niñas disueltas por el napalm
y la saliva de los desaparecidos en las playas del Sur
y el aliento de los poetas enterrados vivos
en los desiertos de Alá
y el hedor de los veinte millones de kilos
de tripas que Ruanda trituró
y el rumor de las nunca enfriadas cenizas de Hiroshima
y el flujo de la indita vulnerada en la milpa
y el excremento de los veinte mil esclavos que Roma
encajó en su cruz
y que no eran hijos de Dios.
Quieren quitar la piel de los negros incendiándose
en los altares del Ku Kux Klan
y el ardor de los pechos que el cuchillo de pura obsidiana partió
y los pulmones endurecidos por el veneno de Treblinka
y las venas cocinadas por una perfecta energía artificial
(…)
en Granada en Tlatelolco en Madrid en Haití en Cincinati en Honduras
en Guernika en Palmares en Santiago de Chile en Moscú en Armenia
en Tenochtitlan en Guatemala en París en Buchenwald en Gaza en Bogotá
en el Río de la Plata en Angol en Chechenia en El Salvador en Libia
en Etiopía en Kabul en Panamá en el Chaco en Atenco en Acteal…
Larga vida para la memoria de Saúl. Que perviva muchos, muchos años.
Latinoamérica unida, enero del 2025
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