El asfalto del Centro Histórico aún guardaba el calor del día aquel 4 de abril cuando las puertas del -Capitán Gallo- a unos pasos del Metro Juárez, comenzaron a recibir a los fieles del ruido. Eran las ocho de la noche cuando Majo y yo cruzamos el umbral de este recinto de tres pisos que parece diseñado para el culto a la distorsión. Mientras el primer nivel nos recibía con un vacío expectante, el ascenso por las escaleras nos fue sumergiendo en la verdadera esencia del bar una terraza envuelta en penumbra, teñida por luces de fiesta y un rojo penetrante que rebotaba en las chamarras de cuero y las botas de los asistentes.
El rock se hacía presente en el vestuario de la gente, predominaban los pantalones de mezclilla, el negro riguroso y las playeras de bandas legendarias que servían como código visual entre desconocidos, donde el rock indie y el alternativo marcaban el ritmo, nos encontramos con los protagonistas de nuestra noche, la banda El Culto del Ojo Rojo. Conocer a -Alex Delgadillo, Jesús Fierro y Marco Andrada- fue entender que el rock en México se construye a base de kilómetros y convicción. Con una amabilidad que contrastaba con la fuerza de su propuesta, nos compartieron su travesía, el viaje desde Chihuahua hasta la capital, impulsados por un sueño y un amor genuino al género.
Su historia de migración musical le dio un peso distinto a la entrevista que Majo realizaba mientras, a lo lejos, la primera banda, -El Culto -, comenzaba a encender los amplificadores a las 9:30 p.m.
El clímax llegó a las 10:30 p.m. Cuando el trio tomó el escenario, la energía en la terraza se transformó. La gente, que hasta entonces disfrutaba relajada, se entregó al sonido del «El Culto del Ojo Rojo». Fue un momento de comunión donde el esfuerzo del viaje desde el norte cobró sentido en cada acorde. Para cuando Dizz Brew” subió a cerrar la noche a las 11:20 p.m., el aire ya estaba saturado de esa satisfacción que solo el rock en vivo provoca.
Al terminar la última nota, el movimiento de la gente hacia la salida marcó el fin del ritual. Nos retiramos dejando atrás el resplandor rojo del Capitán Gallo, con la certeza de que esa noche, entre entrevistas y guitarras, fuimos testigos de cómo se persigue un sueño en la gran ciudad.