Duerme el agua bajo la Ciudad de México
Escrito por Ulises Paniagua el 17/03/2026
Duerme el agua bajo la Ciudad de México
(antiguas acequias y canales)
Debajo de nuestros pies, debajo de las piedras, duerme el agua. En el Centro Histórico de la Ciudad de México, bajo el asfalto que pisan millones de pies apresurados, fluyen los sueños líquidos de una ciudad que alguna vez flotó sobre las aguas: la gran Tenochtitlan. Las acequias, esas «calles de agua» que los cronistas citan con nostalgia, fueron las venas vivas de la urbe, que también descansaba sobre sus canales. Las acequias continuaron mucho tiempo después: en la belleza virreinal, en la suntuosidad independentista, a inicios de la modernidad. Hoy apenas quedan algunos ecos: alguna placa de cobre en el suelo, una gárgola que mira al vacío, el trazo diagonal o curvo de una calle que desafía la cuadrícula de la traza española.
La palabra acequia proviene del árabe hispánico as-sāqiya (الساقية), que a su vez deriva del árabe clásico sāqiyah. Este término árabe tiene un significado doble: «la que lleva agua» o «conducto de agua» (femenino del participio activo de saqā, «dar de beber, irrigar»). También puede referirse a una «cantinera» o «la que da de beber«. El sistema de acequias fue llevado a la Península Ibérica durante la ocupación musulmana (siglos VIII-XV), aunque probablemente mejoró sistemas de irrigación ya existentes desde la época romana, incluso anterior.
Cuando Hernán Cortés decidió fundar la nueva ciudad sobre las ruinas de Tenochtitlan -encomendando el trazo al alarife Alonso García Bravo– heredó (o robó) no sólo palacios y templos, sino una red hidráulica milenaria que los mexicas habían perfeccionado al paso del tiempo. Los mexicas empleaban técnicas de presión invertida para superar los desniveles, usando caños de madera ahuecados unidos con alquitrán y caucho en los canales que conducían el líquido vital. Había varios acueductos en la ciudad prehispánica. El más famoso, construido por Nezahualcóyotl en el siglo XV, traía agua dulce desde los manantiales de Chapultepec hasta el corazón de la ciudad a través de una distancia de entre cuatro y cinco kilómetros. Originalmente no era aéreo, fueron los españoles quienes construyeron una doble arcada siglos después. Parte de dicho acueducto aún puede observarse sobre lo que es avenida Chapultepec. Había otro acueducto importante que provenía de Santa Fe. Uno de los dos desembocaba en lo que es hoy el Teatro Hidalgo, en la extinta fuente de la Mariscala (pasando por la hermosa y desaparecida fuente de la Tlaxpana en San Cosme); el otro finalizaba en Salto del agua, donde se conserva una réplica de la fuente donde la población se abastecía de agua (la original está cerca del metro Chapultepec). Otros acueductos más modestos fueron los de Colhuacán y Mixcoac. Cuando Cortés sitió la ciudad, destruyó el de Chapultepec, obligando a los defensores a beber agua salobre del lago. Los españoles reconstruyeron el sistema, pero resultó insuficiente para el abastecimiento de la ciudad colonial. Hubo necesidad de realizar adecuaciones poco tiempo después.
Por su parte, durante la convivencia mexica las acequias no eran simples zanjas: eran caminos líquidos donde las canoas transportaban fruta desde Xochimilco, flores desde Chalco, animales y vegetales desde las distintas provincias. El virreinato hizo uso de esta infraestructura. Fray Agustín de Vetancurt (1620-1700), en su libro “Tratado de la ciudad de México y las grandezas que la ilustran después que la fundaron españoles” (1698), describió las acequias de la Ciudad de México de esta manera: «Quedó de acequias en cuadro cercada con otras tres que atraviesan de oriente a poniente la ciudad; para la comunicación del bastimento que entre por canoas; los barrios y arrabales de ella, quedaron para la vivienda de los indios, con callejones angostos y huertesillos de camellones con acequias, como los tenían en su gentilidad, donde siembran flores, y plantan sus arboledas…»
Con certeza, la más importante era, por su posición, la Acequia Real —también llamada del Palacio—, la reina de todas. Nacía en el sur, cerca de La Merced, y atravesaba la ciudad como una espina dorsal de agua. Su curso seguía lo que hoy conocemos como la Calle Corregidora, pasaba por la Alhóndiga (donde se almacenaba el grano de todo el reino), y llegaba hasta la extinta Plaza del Volador, hoy sede de la Suprema Corte de Justicia. De ella nacían dos brazos secundarios: uno que subía por la Calle de Santa Isabel y luego la Calle de Santa María, desembocando en la acequia de Santa Ana; y otro, el ramal de Regina, que partía de la Calle de Zuleta —a espaldas del convento de San Francisco— y corría en diagonal hacia el sur, pasando por debajo del convento de Regina.
De esta Acequia real tengo memoria porque, siendo niño, fui testigo de un proyecto generoso que resultó fallido debido a las malas conductas de los habitantes, quienes tiraban basura u orinaban en las aguas del pequeño canal. Me refiero al sexenio de José López Portillo, donde se llevó a cabo la construcción de una réplica de lo que había sido este elemento arquitectónico, y se mantuvo allí hasta su extinción en 2004, tras algunos trabajos de rehabilitación urbana.
Dichas acequias estaban comunicadas de muchos modos. Había pasos y puentes sobre y entre residencias. Las casonas poseían incluso embarcaderos. Uno de ellos, quizá el mejor conservado puede hallarse, aun en sus restos, en el interior de Casa Talavera de la UACM; pertenece al ramal que corría sobre la calle de Roldán, que provenía a su vez del torrente del canal de la Viga que era tan ancho, profundo y abundante en la época de Benito Juárez y aún en la de Porfirio Díaz, que los habitantes de aquella ciudad (catrines y campesinos de manta) lo ocupaban como paseo dominical a bordo de un pequeño barco de vapor que iba de un punto a otro en su recorrido. El Mississippi de Mark Twain en plena Viga, habría que imaginar eso. El canal fue entubado en 1921, pero los restos de dicho sitio aún los recuerdo como parte de mi adolescencia porque continuaron en vestigios hasta los años ochenta e incluso noventa del siglo XX.
Podemos imaginar la belleza de la escena entre los siglos XVI y XVII: canoas cargadas de maíz y pulque navegando tranquilamente mientras, a ambos lados, los frailes de San Francisco y los comerciantes del Consulado negociaban el destino de un imperio. Las acequias tenían un pretil alto para proteger a los peatones, y cada cierta distancia, escalinatas de piedra permitían descender a las embarcaciones. Los pintores del siglo XVIII —Villalpando, Prado— capturaron esta danza entre lo terrestre y lo acuático en lienzos que hoy parecen delirios.
Por su parte, el Centro Histórico era una telaraña de agua. De norte a sur, las acequias se sucedían como versos de un poema épico. La de Santa Ana, la más septentrional, corría por tierras de la hacienda del Arcipreste, rozaba el convento de Santiago Tlatelolco y se deslizaba tras la iglesia del barrio de Santa Ana. La de Tezontlale marcaba la frontera invisible entre los barrios indígenas de La Lagunilla y Tepito, sirviendo de límite entre las parcialidades de Santiago Tlatelolco y San Juan Tenochtitlan. La del Apartado (o del Carmen) entraba por San Cosme, pasaba por Santa María, y al cruzar la ciudad marcaba el límite norte del casco español. Su nombre evocaba el edificio del Apartado, donde se pesaba y marcaba la plata que llegaba de las minas.
La de Mexicaltzingo o de la Viga, de la cual ya hablamos antes, provenía del lago de Chalco, entraba por el sur entre Santo Tomás y San Pablo, pasaba junto a La Merced, y se unía a la Real, cerca de la alhóndiga. De ella nacía el trazo diagonal de la Calle de Roldán, que aún hoy desafía la ortogonalidad de las calles coloniales. La de Balvanera o de la Merced, finalmente, cruzaba transversalmente en diagonal, pasando por la esquina del convento de Balvanera y a espaldas de La Merced.
Sobre el agua, o más bien siguiendo su curso, se realizó la traza. Las ciudades medievales y virreinales son resultado del acomodo de la naturaleza. En pueblos y urbes hispanoamericanas, europeas e incluso árabes, es fácil reconocer que una calzada, avenida o callejón fue alguna vez río, arroyo o cauce, por su trazo en curvatura. Estas calles no son errores de la traza: son la memoria del agua. García Bravo no pudo imponer su retícula perfecta porque las acequias exigían respeto, las manzanas adquirieron formas irregulares, los edificios se construyeron sobre pilotes, y las «puertas falsas» —accesos traseros hacia el agua— se convirtieron en la arquitectura secreta de la ciudad.
La Calle República de Perú y Apartado, por ejemplo, posee un trazo diagonal que sigue el curso de la acequia de Santo Domingo. La calle de Uruguay corresponde a la Real, que continuaba su curso hacia el oriente hasta el Puente de Santiaguito. La Plaza del Carmen (hoy Plaza del Estudiante), en su esquina con Apartado poesía un puente sin nombre que cruzaba el cauce de agua.
Las acequias moldearon la arquitectura del Centro Histórico de maneras invisibles pero persistentes. Los edificios cercanos a ellas desarrollaron características únicas. En el caso del Callejón de Lecheras, las casas tenían gárgolas que vertían directamente a la acequia de La Merced. La calle de Mesones, entre sus números 91 y 93, aún conserva una gárgola original que miraba hacia el mismo canalete. Muchas edificaciones en Roldán, 16 de Septiembre, Corregidora y Apartado poseen gárgolas que originalmente evacuaban el agua de lluvia de los techos hacia los canales. Las calles tenían pendientes calculadas, convirtiéndolas en el sistema de drenaje natural de la ciudad. Las puertas falsas, por su parte, eran accesos traseros que servían para recibir mercancías transportadas en canoa —un sistema de «delivery» del siglo XVII— y como entrada de servicio. La puerta principal daba a la calle de tierra; la falsa, al mundo líquido.
Los puentes privados funcionaban cuando una acequia quedaba entre dos propiedades, allí los dueños construían pasos pequeños para comunicarse con la calle, o embarcaderos con escaleras para descender a las canoas. Había además edificios-puente; algunas construcciones atravesaban manzanas enteras, como en los casos de La Merced y la Acequia Real. La casa de Mesones 91-93 es un testimonio vivo de esta arquitectura adaptada al agua.
La segunda mitad del siglo XVIII marcó el fin de la era acuática. Los virreyes borbónicos, obsesionados con la higiene y el control, vieron en las acequias focos de infección y obstáculos para la «modernidad». El Conde de Revillagigedo encabezó la cruzada contra ellas. Entre 1753 y 1794, una por una, las acequias fueron enterradas vivas. En1753, La Real fue cegada entre el Coliseo y la Plaza Mayor, sustituida por una doble atarjea subterránea. En 1788, el tramo de la Acequia Real detrás de San Francisco fue tapado, desviando el agua por una atarjea en la Calle de Zuleta. En el año 1791 se efectúa la canalización subterránea desde la Plaza Mayor hasta el Colegio de Todos los Santos. Entre 1793 y 1794 desaparecieron la del Carmen y las derivaciones de Regina y Balvanera.
Para 1800, las «calles de agua» habían sido sepultadas. El agua que antes ofrecía su rostro al sol ahora corría en la oscuridad de las atarjeas. La ciudad ganó pulcritud y perdió alma. Hoy, el Centro Histórico guarda secretos para quienes saben mirar. En los años 80 del siglo pasado, una excavación reveló los arranques de un cauce y sus puentes de piedra entre Pino Suárez y Roldán. Como ya lo comenté, fue reconstruida y eliminada en 2004. Por su lado, las placas de cobre en el suelo marcan el trazo original, y las gárgolas sobrevivientes en edificios del siglo XVIII miran hoy hacia el asfalto, esperando quizás el regreso de las canoas.
Las acequias son más que infraestructura hidráulica; son la identidad colectiva de una ciudad que supo vivir en armonía con sus lagos. Su desaparición no fue sólo técnica; fue la pérdida de una forma de habitar el mundo, de cierta poesía urbana sustituida por la eficiencia del mercantilismo y lo utilitario. Se extraña a la vieja ciudad. Por fortuna, la era contemporánea está mirando atrás, de nuevo, su registro. Hay trabajos académicos estupendos al respecto. Puedo citar aquí, por ejemplo, la tesis del Dr. Alejandro Jiménez Vaca “Las acequias de la ciudad de México” (premiada por el INAH), en la cual se fundamenta en gran medida este escrito. El Dr. Alejandro es un gran especialista de este tema.
Los escritores también las han abordado, se han encargado de ellas. Manuel Payno (1810-1894), en su novela “El fistol del diablo” (1845-1846) describe con vívido detalle la navegación por las acequias de la Ciudad de México: «No lo sé, pero yo siempre la rezo y me figuro que es para pedir a Dios que nos libre de todo peligro, en especial de la compuerta, que deveras es muy arriesgada». Esta frase forma parte de una escena dramática donde los personajes navegan por una acequia, temiendo la peligrosa «compuerta» (una esclusa o desagüe). Payno describe «el canal cenegoso e infecto donde flotaban hojas de lechuga, troncos de col y a veces zanahorias y rábanos enteros».
En pleno siglo XXI, bajo nuestros pies, el agua sigue fluyendo en sueños, recordándonos que alguna vez fuimos una ciudad de canales, “la misma Venecia”, diría Francisco Cárdenas en el siglo XVI. Una Venecia mexica donde la distancia se medía a golpe de remo, y el tiempo a través del vaivén de embarcaciones cargadas de flores. Hay incluso algunos cuentos que anhelan, en su contenido que regresen las acequias, los canales, el lago. Hay un cuento de Andrea Chapela, “Como quien oye llover”, al respecto. Yo mismo escribí uno, bajo el efecto de este ensueño. Es, probablemente, un anhelo compartido por muchas más personas. Justo ahora, nuestro pulso no desaparece, son los mismos latidos. A pesar de los múltiples cambios, permanece en nuestras venas el ritmo armonioso de las corrientes, el canto de los arroyos. Esta ciudad posee un memorial de agua tal vez invisible, quizá sólo oculto, en espera de retomar lo que es suyo, lo que siempre ha sido suyo.
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